EL VISITANTE DE LA MADRUGADA
© María Eugenia Rojas Alegría
María estaba muy delicada de salud.
Habían pasado varios días y, a pesar de los numerosos estudios y análisis realizados, los médicos no conseguían encontrar el diagnóstico de su enfermedad.
No hallaban nada que explicara su estado ni el motivo por el cual María no lograba mejorar.
La preocupación y la desesperación de sus familiares fueron creciendo con el paso de los días.
Finalmente, una noche decidieron reunirse para orar por ella.
Prepararon un pequeño altar en una de las habitaciones. Colocaron una imagen del Señor, otra de la Virgen, algunas flores y varias velas.
Querían pasar la noche en oración, pidiendo con toda su fe que María recuperara la salud.
Llegó la medianoche y comenzaron a rezar.
Pasaron las horas entre oraciones, plegarias y momentos de silencio.
Poco a poco, el cansancio fue apoderándose de todos.
Ya casi amanecía cuando, como si algo misterioso hubiera sucedido, todos quedaron profundamente dormidos al mismo tiempo.
Todos, menos María.
A pesar de su debilidad, permanecía despierta en su lecho.
Fue entonces cuando comenzó a percibir un delicado y maravilloso aroma a rosas.
El perfume llenó la habitación de una manera tan intensa que María quedó profundamente sorprendida.
Pero aquello no fue lo único extraño.
De pronto, sintió que la habitación comenzaba a girar lentamente.
Era como si todo a su alrededor hubiera cambiado de posición, como si el mundo entero se hubiera puesto al revés.
María apenas podía moverse.
En medio de aquella sensación inexplicable, dirigió la mirada hacia la puerta.
Entonces lo vio.
Por la puerta se asomó un hombre hermoso, alto y rubio, vestido con un traje de un delicado color celeste.
Su presencia transmitía una profunda serenidad.
El hombre la miró.
Y le sonrió.
María sintió una emoción indescriptible.
Quiso hablar.
Quiso gritar para despertar a sus familiares y pedirles que miraran a aquel maravilloso visitante.
Pero apenas consiguió emitir un leve quejido…
Y, en ese mismo instante, todo volvió a la normalidad.
La habitación dejó de girar.
Todo volvió a quedar exactamente como antes.
Al mismo tiempo, sus familiares despertaron.
Todos se miraron sorprendidos.
Les parecía increíble que hubieran quedado dormidos exactamente al mismo tiempo y que, casi simultáneamente, hubieran despertado.
María, con lágrimas de emoción brotando de sus ojos, les contó lo que acababa de suceder.
Les habló del perfume de rosas.
De aquella extraña sensación.
Y, sobre todo, del hermoso hombre que había aparecido en la puerta y le había sonreído.
Nadie pudo encontrar una explicación lógica para lo ocurrido.
Pero algo comenzó a cambiar después de aquella noche.
Poco a poco, María empezó a recuperar sus fuerzas.
Su salud mejoró de manera sorprendente y, con el paso de los días, comenzó a encontrarse mucho mejor.
¿Qué había ocurrido realmente aquella madrugada?
¿Había sido un sueño?
¿Una percepción provocada por su delicado estado de salud?
¿Una experiencia que su mente había creado en medio de la enfermedad?
¿O quizá había recibido la visita de alguien procedente de un lugar que nuestros ojos no siempre pueden ver?
María nunca encontró una respuesta definitiva.
Y quizá tampoco necesitó encontrarla.
Porque hay experiencias que no necesitan ser demostradas para dejar una huella.
Aquella madrugada, María sintió algo que nunca olvidaría.
Sintió paz.
Sintió compañía.
Y, sobre todo, recuperó una esperanza que parecía estar desapareciendo.
Quizá fue un sueño.
Quizá fue una experiencia inexplicable.
Quizá fue un ángel.
Quizá fue simplemente la manera en que su propia esperanza encontró una forma de manifestarse.
Nadie lo sabe.
Pero desde aquella noche, cada vez que María recuerda al visitante de la madrugada, vuelve a sentir la misma emoción.
Y siempre se pregunta:
¿Quién era aquel hombre que apareció en la puerta y por qué decidió sonreírle precisamente a ella?
Tal vez algún día encuentre la respuesta.
O tal vez…
algunas preguntas estén destinadas a permanecer para siempre en el misterio.
Continuará…
🌙 MORALEJA
A veces, cuando la ciencia todavía no encuentra respuestas y la esperanza parece apagarse, la fe puede convertirse en la luz que nos sostiene.
Hay experiencias que quizá nunca podamos explicar completamente con palabras.
No necesitamos tener una respuesta para todo aquello que vivimos.
A veces basta con reconocer lo que una experiencia despertó en nuestro interior: esperanza, serenidad, fortaleza o ganas de seguir adelante.
Podemos interpretar aquello que nos sucede de diferentes maneras.
Pero, cuando una experiencia nos ayuda a recuperar la esperanza, quizá también nos esté recordando algo importante:
mientras exista un motivo para seguir creyendo, nunca debemos dejar de esperar.
© María Eugenia Rojas Alegría

2 comentarios:
eeeeeeeeeeeeeeeesoo tb te pasoo!!! vos eres MARIAA!!! te descubrí :****************** mamita hermosa
Si mi niña... Vaya cosillas que me sucedieron, increíbles.
Te amo
Mamá
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