jueves, 1 de octubre de 2026

EL ENCARGO DE ARI. Cuento con moraleja 🐕

 EL ENCARGO DE ARI

© María Eugenia Rojas Alegría 

Había una vez un hogar donde el silencio nunca duraba demasiado, gracias a dos compañeros inolvidables: Ari, mi amada perrita, sabia y paciente, y Nico, un gato lleno de una energía inagotable.

Éramos un equipo maravilloso.

Nico, siempre travieso y juguetón, vivía buscando cuál sería su próxima aventura: saltaba entre los muebles, corría de un lado a otro o intentaba sorprender a Ari apareciendo de repente por alguna esquina.

Pero Ari, con la serenidad que le habían dado los años y un amor infinito, era quien ponía un poco de orden en aquella casa.

Le bastaba una mirada tranquila o un pequeño movimiento para detener las travesuras de Nico, como si le dijera:

—Ya está bien por hoy, pequeño.

Y Nico, lejos de enfadarse, parecía entender perfectamente la lección. Al poco rato terminaba acurrucándose junto a ella.

Se querían de una manera especial, de esas que no necesitan palabras. Entre ellos existía una complicidad que solo quienes han convivido con animales pueden comprender.

Pero Ari tenía conmigo un superpoder todavía más especial.

A mí, la verdad, nunca me ha gustado caminar simplemente por hacer ejercicio. Mis caminatas favoritas siempre han sido aquellas en las que hay tiendas, escaparates y algo interesante que mirar.

Sin embargo, Ari conseguía lo que nadie más podía.

No necesitaba ladrar ni insistir.

Solo tenía que mirarme fijamente con aquellos ojos llenos de ternura, mover suavemente su colita y acercarse a mí.

Era su manera de decirme:

—¿Vamos?

Y yo no podía resistirme.

Por ella y a su lado, aquellas largas caminatas dejaban de ser ejercicio para convertirse en momentos de paz. Caminábamos juntas y, sin darme cuenta, el camino se llenaba de pequeños instantes felices.

Los años fueron pasando.

Y un día, casi a sus dieciséis años llenando nuestra vida de amor, llegó el momento que ningún compañero humano quisiera vivir.

Ari tuvo que partir.

Se fue hacia ese lugar maravilloso que imaginamos como el cielo de los perritos, dejando detrás de ella una tristeza enorme y un vacío profundo en mi corazón.

La casa ya no era la misma.

Faltaban sus pasos, sus miradas, su presencia.

Y yo la echaba de menos.

Muchísimo.

Fue entonces cuando ocurrió algo que todavía hoy me conmueve.

Nico, aquel gato inquieto, juguetón y lleno de energía que tantas veces había hecho de la casa un pequeño caos, pareció comprender perfectamente mi dolor.

Como si hubiera visto mi tristeza y supiera que necesitaba algo diferente.

De repente, su comportamiento cambió.

Toda aquella energía que antes utilizaba para jugar y hacer travesuras se transformó en ternura.

Se volvió más dócil, más tranquilo y mucho más cariñoso.

Empezó a buscarme.

A permanecer a mi lado.

A acurrucarse conmigo.

Era como si alguien le hubiera explicado que ahora tenía una nueva misión.

Y a veces pienso que quizá fue Ari quien se la encargó antes de marcharse.

Quizá, en ese último momento que nosotros no pudimos ver, Ari le dijo:

—Ahora tienes que cuidar de ella.

Y Nico cumplió el encargo.

Desde entonces se convirtió en mi fiel compañero.

Siempre está cerca, pegadito a mí, como si quisiera asegurarse de que no vuelva a sentirme sola.

Cuando la nostalgia por Ari aparece y me aprieta el corazón, Nico está ahí.

No necesita hacer nada especial.

Su sola presencia parece decirme:

—Estoy aquí.

Y eso basta.

Hoy, cuando lo miro acurrucado junto a mí, no puedo hacer otra cosa que agradecer a Dios por haber puesto en mi camino a estos dos seres maravillosos.

Ari me regaló casi dieciséis años de amor, compañía, ternura y recuerdos que guardaré para siempre.

Y Nico continúa a mi lado, cumpliendo, quizá sin saberlo, aquel misterioso encargo.

El encargo de Ari.

Porque hay amores que, aunque cambien de forma, nunca se van.

A veces se marchan unos ojos que ya no podemos mirar, unas patitas que ya no podemos escuchar o un cuerpo que ya no podemos abrazar.

Pero el amor permanece.

Y, algunas veces, ese amor encuentra la manera de seguir cuidándonos a través de otro ser.

MORALEJA

El amor verdadero nunca desaparece. Cuando alguien que amamos se va, su recuerdo puede quedarse en nuestro corazón y, a veces, encontrar 

nuevas formas de acompañarnos, consolarnos y recordarnos que nunca estamos solos.


© María Eugenia Rojas Alegría

domingo, 27 de septiembre de 2026

LA ESCAPADA DE JHENNY TERMINÓ EN PRIMERA PLANA. Cuento con moraleja ☺️

LA ESCAPADA DE JHENNY TERMINÓ EN PRIMERA PLANA
© María Eugenia Rojas Alegría 


Una historia de carnaval, travesuras y una fotografía que nadie esperaba.

Jhenny era una jovencita, hija única de unos padres amorosos, cariñosos y, quizás, un poquito sobreprotectores.

Como toda adolescente de su edad, sentía una enorme curiosidad por descubrir el mundo más allá de las actividades del colegio. Y buena parte de esa inquietud se la había contagiado su mejor amiga, Ruth, quien presumía de asistir a las fiestas de sus amigos universitarios y contaba maravillas de lo bien que se lo pasaba.

Un día de carnaval, Ruth invitó a Jhenny a una fiesta universitaria en la que se presentarían varios grupos musicales. Le aseguró que sería una noche inolvidable y que se lo pasarían bomba.

A Jhenny le brillaron los ojos de emoción, pero había un pequeño inconveniente:

¡Sus padres!

Ni siquiera se atrevió a pedirles permiso. Conocía perfectamente la respuesta que recibiría: un rotundo **NO**.

Así que, en lugar de resignarse, llamó a Ruth, le contó sus inquietudes y, entre confidencias, risitas y unas cuantas ideas disparatadas, ambas se pusieron manos a la obra para organizar la escapada perfecta.

Llegó el viernes y todo transcurrió como de costumbre.

Cenaron en familia, conversaron tranquilamente durante la sobremesa y, como era habitual, Jhenny dio un beso a sus padres, les deseó buenas noches y se retiró a su dormitorio.

Pero aquella noche no tenía precisamente sueño.

Estaba nerviosa y emocionada. Se cambió de ropa, se arregló, se puso guapísima y, para no levantar sospechas, se metió en la cama como si fuera a dormir profundamente.

Pasaron un par de horas.

La casa quedó en silencio, las luces se apagaron y sus padres se fueron a dormir.

Jhenny esperó un poco más, aguzó el oído y comprobó que no hubiera moros en la costa.

¡Llegó el momento!

Con muchísimo cuidado, abrió la ventana de la salita, salió sigilosamente, apoyó los pies en una columna ornamental y descendió hasta llegar al exterior de la casa.

¡Misión cumplida!

En la esquina la esperaban Ruth y dos amigos.

Entre risas nerviosas, emoción y alguna que otra mirada de complicidad, los cuatro emprendieron camino hacia la fiesta.

Y vaya si la estaban pasando bomba.

La música sonaba a todo volumen, el ambiente era una auténtica locura y la alegría se contagiaba de mesa en mesa.

Todo parecía perfecto, hasta que el animador anunció un sorteo muy especial.

El premio consistía en una botella de ron y una Coca-Cola de dos litros, que se llevaría la mesa más alegre de todo el salón.

¡Aquello sí que era un premio!

Los amigos de Jhenny se animaron todavía más. Entre gritos, aplausos, bailes y ocurrencias, hicieron todo lo posible por demostrar que nadie podía superar su entusiasmo.

Y, para sorpresa de todos...

¡La mesa ganadora era precisamente la de Jhenny!

La euforia se apoderó del grupo.

Saltaban, gritaban, aplaudían y celebraban como si acabaran de ganar un campeonato mundial.

Todos juntos se dirigieron al escenario para recoger su flamante premio:

¡Una botella de ron y su inseparable Coca-Cola!

La fiesta continuó y las horas pasaron volando.

Hasta que Jhenny, mirando el reloj, se dio cuenta de que ya era bastante tarde.

Recordó que tenía una casa, unos padres y, sobre todo, una escapada clandestina que todavía debía terminar sin dejar huellas.

Así que se despidió de Ruth y de los demás.

Uno de los muchachos se ofreció a acompañarla hasta su casa.

Al llegar, Jhenny tuvo que repetir la hazaña de la salida, pero esta vez en sentido contrario:

¡Le tocaba escalar!

Con mucho cuidado, consiguió entrar por la misma ventana por la que había escapado unas horas antes.

Respiró aliviada.

¡Lo había conseguido!

Sus padres no se habían enterado de absolutamente nada.

O eso creía ella...

Llegó el sábado y, como era fin de semana, su madre la vio durmiendo plácidamente y decidió no despertarla. Después de todo, los sábados también estaban hechos para descansar y recuperar energías.

La mañana transcurrió sin sobresaltos.

Pero el domingo...

¡Ay, el domingo!

Como era costumbre, el muchacho del periódico llegó a casa y entregó el ejemplar a su padre, quien disfrutaba enormemente hojeándolo antes de comer.

Su padre pasó las páginas tranquilamente, hasta que llegó a la sección de Sociales.

Y entonces...

¡Se le abrieron los ojos como platos!

De un brinco se puso de pie, llamó a su esposa y, con el periódico en la mano, la invitó a mirar algo que jamás habría imaginado.

Allí estaba Jhenny.

¡En una fotografía enorme, publicada en la sección de Sociales!

Aparecía con una copa en alto, abrazada a uno de sus amigos, con una expresión de absoluta felicidad y un gesto que parecía decir:

«¡Salud, señores!»

Y, por si la fotografía no fuera suficiente, debajo aparecía un titular que terminó de rematar la faena:

«Universitarios eufóricos, ganadores de la fiesta del trago...»

Los padres se miraron, incrédulos.

Después, llamaron a Jhenny.

Y no precisamente para preguntarle si había dormido bien.

La jovencita apareció todavía con cara de sueño, sin sospechar que su aventura nocturna acababa de convertirse en noticia familiar.

Bastó una mirada al periódico para que se le borrara la sonrisa.

¡La habían descubierto!

Y no por el ruido de una puerta, ni por una ventana mal cerrada, ni porque sus padres hubieran encontrado alguna pista en su habitación.

¡La había delatado un periódico chismoso, con fotografía a todo color y en primera plana de Sociales!

Lo que había comenzado como una emocionante aventura de carnaval terminó convirtiéndose en una inolvidable lección de vida...

Y, seguramente, en una de las conversaciones familiares más incómodas de su adolescencia. 😂

## MORALEJA

A veces, por querer vivir una aventura a escondidas, terminamos protagonizando una historia que todo el mundo puede ver.

Es mejor pedir permiso como Dios manda que confiar en que nadie se enterará. Porque puedes engañar a tus padres durante una noche, pero nunca sabes cuándo un periódico chismoso, una cámara indiscreta o una casualidad pueden convertirse en tus peores cómplices... ¡o en tus más grandes delatores!

© María Eugenia Rojas Alegría


CUANDO EL HOMBRE VOLVIÓ A LA LUZ. Cuento con moraleja 🙏🏻

CUANDO EL HOMBRE VOLVIÓ A LA LUZ

Dicen que, cuando DIOS creó al hombre, puso en sus manos todos los tesoros que podían hacerlo verdaderamente feliz.

Le dio sabiduría para comprender, fuerza para caminar, riqueza para compartir y un corazón capaz de amar. Lo hizo libre, porque el amor verdadero nunca puede ser impuesto. Le concedió incluso el poder de decir "NO", porque solamente quien puede elegir el camino de la oscuridad puede comprender el valor de la luz.

Y durante un tiempo el hombre caminó feliz por la tierra.

Hasta que un día escuchó una voz que no venía de la luz.

La serpiente se acercó sigilosa y, con palabras dulces, sembró la duda en su corazón. El demonio le mostró aquello que parecía libertad, pero que escondía la desobediencia. Y el hombre, seducido por la promesa de ser más de lo que era, olvidó por un instante todo lo que había recibido.

Entonces algo cambió.

El que había sido rico conoció la pobreza.
El sabio comenzó a caminar entre la ignorancia.
El fuerte sintió el peso de su propia debilidad.
El que había conocido la felicidad abrazó la tristeza.

Y aquel que había sido creado para la eternidad conoció el miedo a la muerte.

Las sombras entraron en su mundo.

Llegaron disfrazadas de enfermedad, de angustia, de tristeza y desesperanza. Se escondieron detrás de la envidia, del odio, de la violencia y de tantas heridas que el hombre fue dejando en el camino.

Pero DIOS no cerró la puerta.

Porque, aun cuando el hombre se aleja, la luz permanece esperando.

Y existe siempre un instante —a veces basta un solo instante— en que el alma comprende que ha caminado demasiado tiempo lejos de su origen.

Entonces puede volver.

No necesita riquezas.
No necesita grandeza.
No necesita vencer a nadie.

Necesita solamente dejar caer el orgullo y abrir el corazón.

Aprender a vivir con alegría.
Perdonar.

Dejar atrás la ira y el resentimiento.

Tender la mano en lugar de cerrarla.

Servir en lugar de servirse de los demás.

Dar una oportunidad en lugar de negarla.

Respetar en lugar de herir.

Y, cuando el corazón ya no encuentra palabras, pronunciar con fe un nombre:

JESÚS.

Una y otra vez.

Porque hay nombres que se dicen con los labios, y hay nombres que se pronuncian con el alma.

Y cuando el hombre pronuncia ese nombre con verdadero arrepentimiento, algo comienza a cambiar dentro de él. Las manchas del pasado ya no parecen eternas. La oscuridad comienza a retroceder y, poco a poco, una claridad nueva vuelve a iluminar aquello que parecía perdido.

Entonces comprende que el perdón no borra lo vivido, pero puede transformar aquello que vivimos.

Comprende que todavía puede levantarse.

Que todavía puede amar.

Que todavía puede servir.

Que todavía puede volver a ser digno de la hermosa tierra que DIOS puso bajo sus pies.

Y es entonces cuando, en el silencio profundo de su corazón, escucha una voz que parece venir de muy lejos y, al mismo tiempo, estar dentro de él desde siempre:

—Tus pecados te son perdonados. Levántate y anda.

El hombre se levanta.

Y por primera vez comprende que la verdadera riqueza no estaba en sus manos, sino en su corazón.

Que la verdadera sabiduría no consistía en saberlo todo, sino en reconocer el camino de regreso.

Que la verdadera fuerza no era vencer a los demás, sino vencer el mal que habitaba dentro de sí.

Y que la verdadera felicidad no había desaparecido.

Había estado esperando, paciente y silenciosa, detrás de la puerta de la luz.

Desde entonces, cada vez que el hombre vuelve a caer, recuerda que el camino hacia DIOS nunca está completamente cerrado.

Porque mientras exista arrepentimiento, habrá perdón.

Mientras exista amor, habrá esperanza.

Y mientras quede una pequeña chispa de luz en el corazón, siempre será posible volver a empezar.

MORALEJA:

El hombre puede perderse muchas veces, pero nunca pierde por completo el camino de regreso mientras conserve la voluntad de cambiar. El amor, el perdón, la oración y el bien que hacemos a los demás son las luces que pueden guiarnos nuevamente hacia DIOS.

© María Eugenia Rojas Alegría




GRACIAS, DIVINO DIOS, POR MI VIDA 🙏

GRACIAS, DIVINO DIOS, POR MI VIDA

Gracias, Divino Dios, por regalarme vida, por cada experiencia adquirida, por las lecciones aprendidas y por la dicha inmensa de ser madre y abuela.

Gracias por el amor de mi familia; por el amor que recibí de mis padres, por el amor de mis hijos y por el amor, la ternura y las sonrisas de mis nietos. Gracias por cada sueño cumplido y también por aquellos sueños que aún viven en mi corazón.

Hoy, mi pelo ya luce hilos plateados cubiertos por un tinte y en mi rostro se dibujan pequeñas arrugas, huellas de los años vividos, de las alegrías compartidas, de las lágrimas derramadas y de todos los caminos que he recorrido. Cada una de ellas cuenta una historia y me recuerda que he tenido el privilegio de vivir, aprender, amar y seguir adelante.

Hoy continúo recorriendo mi rumbo con el corazón agradecido, disfrutando cada instante y dando gracias a la vida por todo lo que me ha regalado.

Gracias a mi princesa Andreita, que con su amor, su preocupación y su cariño consigue que cada día me sienta querida, acompañada y especial.

Gracias también a su compañero de vida, Jose, por su buen sentido del humor, por esas ocurrencias que siempre consiguen arrancarme una sonrisa y regalarme tantas carcajadas.

Y gracias de una manera especial a mi hijo José, que aunque hoy esté lejos, siempre está cerca de mi corazón. La distancia no puede cambiar el amor que siento por él. Me hace feliz saber que ha construido su propio camino, su propia familia, que es un buen profesional, pero sobre todo me llena de orgullo saber que es un buen hombre, con valores, corazón y sueños propios. Como madre, no hay distancia que me impida sentirme orgullosa de él y también le acompaño con mi amor.

Gracias por el amor que me ha enseñado a crecer, a comprender, a tener paciencia y a descubrir que amar también significa dejar volar a quienes queremos, confiando en que encontrarán su propio camino.

Gracias por todos esos momentos llenos de sentimientos, sueños, anhelos, risas y lágrimas; porque cada uno de ellos ha formado parte de la mujer que hoy soy.

Gracias por el tiempo, por las personas que han sabido escuchar mis problemas, por quienes me han ayudado a encontrar soluciones y por quienes, simplemente con estar, han conseguido devolverme la ilusión y las ganas de sonreír.

Gracias también por permitirme conocer personas maravillosas que me brindan su amistad, personas en las que puedo confiar, con quienes puedo compartir una palabra, un consejo, una sonrisa o simplemente un momento de compañía.

Y gracias por encontrar en mi camino ese amor dulce y sincero que acaricia mi alma, que me acompaña, que me entrega su corazón y que me recuerda que nunca es tarde para volver a sentir bonito.

Hoy no pido grandes cosas. Solo le pido a Dios salud, serenidad, amor y muchos momentos más para compartir con las personas que amo.

Porque cuando miro hacia atrás, no cuento los años por las arrugas de mi rostro, sino por las historias que llevo en el corazón, por las personas que amo y por todo lo que he aprendido.

Gracias, Dios mío, por la vida.
Gracias por mi familia.
Gracias por mis hijos y mis nietos.
Gracias por el amor.
Gracias por cada día.
Y gracias por permitirme seguir escribiendo mi historia.


MORALEJA:

La vida no se mide por los años que cumplimos, sino por el amor que hemos dado, las huellas que hemos dejado y las personas que llevamos para siempre en el corazón.

Amar también es saber dejar volar a nuestros hijos, sentir orgullo por sus logros y confiar en que, aunque estén lejos, el vínculo del amor jamás conoce distancias.


© María Eugenia Rojas Alegría





sábado, 26 de septiembre de 2026

PERSONAS MALAS: CUANDO LA INDIFERENCIA SE CONVIERTE EN PAZ. Con moraleja ☺️

 PERSONAS MALAS: CUANDO LA INDIFERENCIA SE CONVIERTE EN PAZ

© María Eugenia Rojas Alegría 

A lo largo de mi vida he conocido personas incapaces de reconocer los sentimientos ajenos, personas que parecían encontrar satisfacción en el dolor de los demás.

Afortunadamente, han sido pocas, apenas tres, pero suficientes para dejarme una experiencia que me ha obligado a reflexionar profundamente sobre la naturaleza humana.

Muchas veces me he preguntado qué puede llevar a alguien a comportarse con tanta frialdad, desprecio o crueldad.

He intentado comprenderlo y he llegado a pensar que, quizá, algunas de estas personas crecieron en ambientes donde el maltrato, la indiferencia o la falta de afecto dejaron huellas profundas. Tal vez aprendieron a tratar a los demás como alguna vez fueron tratados.

Sin embargo, comprender un posible origen no significa justificar el daño que causan.

Hay actitudes que revelan una enorme falta de empatía: la incapacidad de ponerse en el lugar del otro, la necesidad de humillar, el desprecio disfrazado de ironía, las amenazas, las burlas hirientes y esa indiferencia calculada que puede convertir a una persona en invisible.

No siempre hace falta levantar la voz para hacer daño.

A veces basta una mirada de desprecio, una palabra cruel o un silencio utilizado como castigo.

Y qué difícil resulta convivir con esa hostilidad cuando uno no está acostumbrado a ella.

Para mí fue doloroso encontrarme con personas que parecían transmitir rechazo incluso sin pronunciar una sola palabra. Sufrí intentando entender sus comportamientos, buscando explicaciones y preguntándome por qué alguien podía disfrutar haciendo sentir mal a otra persona.

Con el tiempo comprendí algo esencial:

no todas las personas que encontramos en nuestro camino tienen la capacidad, ni la voluntad, de ofrecernos un trato amable.

Y aunque no podemos controlar sus actitudes, sí podemos decidir cuánto espacio les concedemos en nuestra vida y, sobre todo, cuánto espacio les permitimos ocupar en nuestros pensamientos.

Fue entonces cuando, gracias a la inteligencia que Dios me ha dado y a la reflexión que nace de las experiencias difíciles, comencé a cambiar mi manera de ver las cosas.

Aprendí a distinguir entre aquello que merece mi atención y aquello que solamente pretende robarme la tranquilidad.

Descubrí que la indiferencia, cuando no nace del odio, sino del amor propio, puede convertirse en una forma de libertad.

No se trata de volverse una persona fría, de devolver el daño recibido ni de vivir guardando rencor.

Se trata de dejar de entregar nuestra paz a quienes no saben respetarla.

Se trata de poner límites, de retirarnos de donde no somos bien recibidos y de comprender que no tenemos la obligación de agradar a todo el mundo ni de encontrar una explicación para cada comportamiento cruel.

También aprendí a valorar mucho más a esas personas maravillosas que, quizá sin imaginarlo, me han demostrado un cariño inmenso.

Personas que me han regalado su amistad sincera, su compañía, su generosidad y esa clase de afecto que no necesita grandes discursos porque se demuestra con hechos.

Hoy elijo quedarme con ellas.

Con las sonrisas auténticas.

Con las palabras que reconfortan.

Con los corazones nobles.

Con las personas que saben querer sin intereses y ofrecer amistad sin condiciones.

Ya no quiero desgastar mi corazón intentando comprender a quien no desea comprenderme.

Mi energía es demasiado valiosa para invertirla en el desprecio ajeno.

Prefiero dedicarla a vivir, a agradecer, a disfrutar de las pequeñas cosas y a seguir siendo la persona que soy, sin permitir que la amargura de otros transforme mi manera de sentir.

Porque hay una victoria que no necesita aplausos:

seguir teniendo un corazón capaz de amar después de haber conocido la crueldad; conservar la sonrisa después de haber sentido el desprecio y no permitir que la oscuridad de otros apague nuestra propia luz.

Y si algo me ha enseñado esta experiencia es que la verdadera fortaleza no consiste en ser capaz de hacer daño.

Consiste en tener la libertad de no hacerlo, incluso cuando hemos sido heridos.

🌿 MORALEJA

No permitas que las personas que carecen de empatía te enseñen a vivir sin ella.

No confundas ser bueno con soportarlo todo, ni ser indiferente con dejar de sentir.

Aprende a poner límites sin perder tu esencia, a alejarte sin odiar y a proteger tu paz sin renunciar a tu bondad.

No tienes que luchar todas las batallas ni responder a todas las provocaciones.

A veces, alejarse en silencio es una forma de cuidarse.

Al final, la vida es demasiado hermosa para desperdiciarla sufriendo por quienes no saben apreciar el cariño que podemos ofrecer.

✨ MI REFLEXIÓN FINAL

Sobran motivos para amar, para disfrutar y soñar.

La mentira no me vencerá,

ni el desprecio mi sonrisa borrará.

Que hablen, que juzguen,

que intenten herir;

yo tengo mil razones

para seguir.

Con Dios en mi alma

y la verdad en mi

 corazón,

seguiré regalando cariño,

sin perder jamás mi ilusión.

© María Eugenia Rojas Alegría