El árbol que dejó de prestar sus frutos
En un pequeño pueblo había un árbol que, durante años, compartió generosamente sus frutos con todos los que se acercaban.
Había quienes llegaban con una sonrisa, extendían las manos y se llevaban cuanto necesitaban. El árbol nunca preguntaba cuándo se los devolverían. Pensaba que ayudar a quien quieres no necesita cuentas.
Pero llegó un día en que el árbol estaba cansado.
Había dado mucho y recibido muy poco. Así que decidió, por primera vez, guardar sus frutos para sí mismo.
Algunos lo comprendieron.
Otros, en cambio, se enfadaron.
—¡Qué árbol tan egoísta! —decían.
Y como no podían obligarlo a seguir dando frutos, buscaron otra manera de castigarlo. Tomaron una fotografía del árbol y comenzaron a contar historias sobre él, intentando convencer al pueblo de que era un árbol peligroso, de malas ideas y malas intenciones.
Pero había un problema con aquella historia:
Quienes conocían al árbol sabían cómo había sido durante años.
Sabían cuánto había dado.
Sabían quiénes habían acudido una y otra vez a pedirle frutos.
Y también sabían que nunca se puede convertir una negativa en una culpa simplemente porque alguien se acostumbró solo a recibir.
El árbol aprendió entonces una gran lección:
No todos se enfadan porque les hayas hecho daño. Algunos se enfadan simplemente porque dejaste de permitir que te lo hicieran.
Y siguió creciendo en silencio.
Porque un árbol no necesita destruir a quien intenta ensuciar su nombre.
Con el tiempo, los frutos hablan por sí solos.
Moraleja:
Quien se acostumbra a recibir de ti puede llamar egoísmo a tus límites cuando dejas de darle. Pero poner límites no te convierte en una mala persona. Y cuando alguien necesita difamarte porque ya no puede beneficiarse de ti, quizá la verdadera historia no esté en lo que cuenta, sino en lo que perdió cuando tú dijiste: “Hasta aquí.”
© María Eugenia Rojas Alegría
Hebert López Gonzales - Roberto López González



