MAGALY: EL PRECIO DE UN NÚMERO
Magaly era una muchacha muy guapa. Tenía una sonrisa encantadora, una figura que llamaba la atención y una personalidad que hacía que muchos chicos le dedicaran piropos cuando salía del colegio.
Ella y su mejor amiga, Ana, eran muy populares. Muchos las consideraban las chicas más bonitas del curso y, aparentemente, lo tenían todo para ser felices.
Un día, las dos amigas encontraron una báscula nueva en casa de Magaly. Por curiosidad, decidieron pesarse. Al principio fue solamente un juego: después del colegio subían a la báscula, miraban el número y se reían si habían ganado o perdido unos gramos.
Pero lo que comenzó como un juego terminó convirtiéndose, poco a poco, en una obsesión para Magaly.
Primero empezó a pesarse todos los días. Después, varias veces al día: al levantarse, después de comer y antes de acostarse.
Cada gramo de más se convertía para ella en una tragedia.
Su felicidad empezó a depender de un número.
Con el paso del tiempo, la báscula marcó tres kilos más. Magaly se enfureció consigo misma. Pensó que tenía que hacer algo inmediatamente y decidió dejar de desayunar. Creía que así conseguiría recuperar rápidamente el peso que consideraba inaceptable.
Pero aquellos tres kilos no eran realmente el problema.
El problema estaba creciendo dentro de ella.
Magaly comenzó a cambiar. Se volvió irritable, triste y distante. Poco a poco dejó de reunirse con sus amigas y se apartó incluso de Ana, quien había sido su mejor amiga.
Durante los recreos prefería encerrarse en el baño antes que compartir unos minutos con sus compañeras.
Y mientras todos pensaban que simplemente estaba atravesando una etapa difícil, Magaly libraba una batalla que nadie conocía.
Pasaron casi dos años.
Llegó el día de la graduación. Todas las chicas estaban emocionadas. Hablaban de sus vestidos, de sus parejas y de la gran fiesta que las esperaba.
Todas parecían felices.
Todas menos Magaly.
Ella permanecía sola en una esquina.
Ana se acercó.
—Magaly, ¿qué te ha pasado? ¿Por qué estás así? Estás muy delgada, muy demacrada... Has cambiado muchísimo. Y nunca entendí por qué te alejaste de mí.
Magaly no pudo contener las lágrimas.
Finalmente, confesó aquello que llevaba tanto tiempo escondiendo.
Tenía un miedo terrible a engordar. Había llegado a sentir una necesidad desesperada de comer y, después, hacía cosas para intentar evitar que aquello se reflejara en su cuerpo.
Ana quedó profundamente preocupada.
—Tienes que contárselo a tu mamá —le dijo—. Esto no es un juego. Necesitas ayuda. Lo que estás viviendo puede ser un trastorno alimentario y puede poner en peligro tu vida.
Pero Magaly negó con la cabeza.
—No le digas nada a nadie. Yo puedo solucionarlo.
Y esa frase, aparentemente tan sencilla, terminó siendo una de las decisiones más dolorosas de su vida.
Pasaron los meses. Las chicas del curso tomaron caminos diferentes.
Ana comenzó la universidad.
Una mañana, al salir de clase, vio a Magaly en el atrio. Estaba sola, como tantas veces antes.
Ana casi no la reconoció.
Se acercó preocupada. Magaly estaba extremadamente delgada, tenía un aspecto enfermizo y parecía agotada. Su ropa le quedaba demasiado grande y su aspecto había cambiado profundamente.
—Magaly, ¿qué te pasa? —preguntó Ana—. No tienes buen aspecto. ¿Estás recibiendo ayuda?
Magaly bajó la mirada.
—Estoy bien. Tengo clase.
Y se marchó.
Ana se quedó mirándola con una sensación de angustia que no pudo quitarse de encima.
Después supo que Magaly estudiaba Odontología y que, a pesar de todo lo que estaba viviendo, continuaba siendo una buena estudiante.
Eso le dio esperanza.
Quizá todavía podía salir adelante.
Pero unos meses después, Ana y algunas de sus antiguas compañeras recibieron una noticia que las dejó sin palabras.
Magaly había fallecido.
La muchacha que había tenido tantos sueños, la estudiante que quería convertirse en una gran profesional, la amiga que alguna vez había llenado los pasillos del colegio con su sonrisa... ya no estaba.
Con el tiempo conocieron parte de lo ocurrido. En su desesperación por modificar su cuerpo, Magaly había recurrido a sustancias peligrosas y terminó sufriendo una intoxicación que contribuyó a su muerte.
Entonces Ana comprendió algo terrible:
Magaly no había muerto simplemente por querer estar delgada.
Había muerto porque durante demasiado tiempo una enfermedad le hizo creer que su cuerpo era su enemigo y que podía enfrentarse sola a aquello que estaba destruyendo su vida.
Magaly, aquella morena preciosa y llena de sueños, había caído en las garras de la anorexia y la bulimia.
Pero, sobre todo, había caído en la trampa de creer que su valor dependía de su apariencia.
Quiso parecerse a un ideal imposible.
Y en ese intento comenzó a perderlo todo.
Perdió momentos con sus amigas.
Perdió parte de su juventud.
Perdió la oportunidad de pedir ayuda.
Perdió la posibilidad de terminar sus estudios, ejercer una profesión que había elegido y construir la vida que soñaba.
Perdió la oportunidad de amar y ser amada.
Y, sobre todo, perdió todos aquellos momentos que todavía le quedaban por vivir: ver envejecer a sus padres, formar una familia, conocer a sus hijos, compartir sus triunfos y disfrutar de las pequeñas cosas que hacen que una vida sea verdaderamente valiosa.
Todo comenzó con un número en una báscula.
Un número que nunca pudo decir cuánto valía realmente Magaly.
Porque ninguna báscula puede medir el valor de una persona.
MORALEJA:
No eres un número, ni una talla, ni el reflejo de un espejo. Tu valor no depende de tu peso ni de cumplir con un determinado ideal de belleza.
Aprende a mirar tu cuerpo con cariño y a cuidar de ti. Y si alguna vez sientes que la comida, el peso o tu imagen están tomando el control de tu vida, no intentes luchar a solas: pedir ayuda no es una señal de debilidad, sino un acto de amor hacia ti mismo.
Porque amarte no significa querer un cuerpo perfecto. Significa entender que mereces estar aquí, ser feliz, amar, ser amado y vivir todos los capítulos que todavía te quedan por escribir.
No esperes a perderlo todo para darte cuenta de cuánto valía tu vida.
© María Eugenia Rojas Alegría




