jueves, 1 de octubre de 2026

EL ENCARGO DE ARI. Cuento con moraleja 🐕

 EL ENCARGO DE ARI

© María Eugenia Rojas Alegría 

Había una vez un hogar donde el silencio nunca duraba demasiado, gracias a dos compañeros inolvidables: Ari, mi amada perrita, sabia y paciente, y Nico, un gato lleno de una energía inagotable.

Éramos un equipo maravilloso.

Nico, siempre travieso y juguetón, vivía buscando cuál sería su próxima aventura: saltaba entre los muebles, corría de un lado a otro o intentaba sorprender a Ari apareciendo de repente por alguna esquina.

Pero Ari, con la serenidad que le habían dado los años y un amor infinito, era quien ponía un poco de orden en aquella casa.

Le bastaba una mirada tranquila o un pequeño movimiento para detener las travesuras de Nico, como si le dijera:

—Ya está bien por hoy, pequeño.

Y Nico, lejos de enfadarse, parecía entender perfectamente la lección.

Al poco rato terminaba acurrucándose junto a ella.

Se querían de una manera especial, de esas que no necesitan palabras. Entre ellos existía una complicidad que solo quienes han convivido con animales pueden comprender.

Pero Ari tenía conmigo un superpoder todavía más especial.

A mí, la verdad, nunca me ha gustado caminar simplemente por hacer ejercicio.

Mis caminatas favoritas siempre han sido aquellas en las que hay tiendas, escaparates y algo interesante que mirar.

Sin embargo, Ari conseguía lo que nadie más podía.

No necesitaba ladrar ni insistir.

Solo tenía que mirarme fijamente con aquellos ojos llenos de ternura, mover suavemente su colita y acercarse a mí.

Era su manera de decirme:

—¿Vamos?

Y yo no podía resistirme.

Por ella y a su lado, aquellas largas caminatas dejaban de ser ejercicio para convertirse en momentos de paz.

Caminábamos juntas y, sin darme cuenta, el camino se llenaba de pequeños instantes felices.

Los años fueron pasando.

Y un día, después de casi dieciséis años llenando nuestra vida de amor, llegó el momento que ningún compañero humano quisiera vivir.

Ari tuvo que partir.

Se fue hacia ese lugar maravilloso que imaginamos como el cielo de los perritos, dejando detrás de ella una tristeza enorme y un vacío profundo en mi corazón.

La casa ya no era la misma.

Faltaban sus pasos.

Faltaban sus miradas.

Faltaba su presencia.

Y yo la echaba de menos.

Muchísimo.

Fue entonces cuando ocurrió algo que todavía hoy me conmueve.

Nico, aquel gato inquieto, juguetón y lleno de energía que tantas veces había convertido la casa en un pequeño caos, pareció comprender perfectamente mi dolor.

Como si hubiera visto mi tristeza y supiera que necesitaba algo diferente.

De repente, su comportamiento cambió.

Toda aquella energía que antes utilizaba para jugar y hacer travesuras se transformó en ternura.

Se volvió más dócil, más tranquilo y mucho más cariñoso.

Empezó a buscarme.

A permanecer a mi lado.

A acurrucarse conmigo.

Era como si alguien le hubiera explicado que ahora tenía una nueva misión.

Y a veces pienso que quizá fue Ari quien se la encargó antes de marcharse.

Quizá, en ese último momento que nosotros no pudimos ver, Ari le dijo:

—Ahora tienes que cuidar de ella.

Y Nico cumplió el encargo.

Desde entonces se convirtió en mi fiel compañero.

Siempre está cerca, pegadito a mí, como si quisiera asegurarse de que no vuelva a sentirme sola.

Cuando la nostalgia por Ari aparece y me aprieta el corazón, Nico está ahí.

No necesita hacer nada especial.

Su sola presencia parece decirme:

—Estoy aquí.

Y eso basta.

Hoy, cuando lo miro acurrucado junto a mí, no puedo hacer otra cosa que agradecer a Dios por haber puesto en mi camino a estos dos seres maravillosos.

Ari me regaló casi dieciséis años de amor, compañía, ternura y recuerdos que guardaré para siempre.

Y Nico continúa a mi lado, cumpliendo, quizá sin saberlo, aquel misterioso encargo.

El encargo de Ari.

Porque hay amores que, aunque cambien de forma, nunca se van.

A veces se marchan unos ojos que ya no podemos mirar, unas patitas que ya no podemos escuchar o un cuerpo que ya no podemos abrazar.

Pero el amor permanece.

Y algunas veces, ese amor encuentra una manera inesperada de seguir acompañándonos.

Quizá no podamos saber si Ari realmente le dejó aquel encargo a Nico.

Pero yo sí sé algo:

desde que ella se fue, él estuvo allí.

Y quizá eso sea precisamente lo más bonito de todo.

Que, cuando el corazón necesitaba compañía, el amor encontró otra forma de quedarse.

MORALEJA

El amor verdadero nunca desaparece.

Cuando alguien que amamos se va, su recuerdo permanece en nuestro corazón y, a veces, encuentra nuevas formas de acompañarnos, consolarnos y recordarnos que nunca estamos solos.

Porque algunos amores no terminan cuando llega la despedida.

Simplemente cambian de forma.

© María Eugenia Rojas Alegría



domingo, 27 de septiembre de 2026

LA ESCAPADA DE JHENNY TERMINÓ EN PRIMERA PLANA. Cuento con moraleja ☺️

LA ESCAPADA DE JHENNY TERMINÓ EN PRIMERA PLANA
© María Eugenia Rojas Alegría 


Una historia de carnaval, travesuras y una fotografía que nadie esperaba.

Jhenny era una jovencita, hija única de unos padres amorosos, cariñosos y, quizás, un poquito sobreprotectores.

Como toda adolescente de su edad, sentía una enorme curiosidad por descubrir el mundo más allá de las actividades del colegio. Y buena parte de esa inquietud se la había contagiado su mejor amiga, Ruth, quien presumía de asistir a las fiestas de sus amigos universitarios y contaba maravillas de lo bien que se lo pasaba.

Un día de carnaval, Ruth invitó a Jhenny a una fiesta universitaria en la que se presentarían varios grupos musicales. Le aseguró que sería una noche inolvidable y que se lo pasarían bomba.

A Jhenny le brillaron los ojos de emoción, pero había un pequeño inconveniente:

¡Sus padres!

Ni siquiera se atrevió a pedirles permiso. Conocía perfectamente la respuesta que recibiría: un rotundo **NO**.

Así que, en lugar de resignarse, llamó a Ruth, le contó sus inquietudes y, entre confidencias, risitas y unas cuantas ideas disparatadas, ambas se pusieron manos a la obra para organizar la escapada perfecta.

Llegó el viernes y todo transcurrió como de costumbre.

Cenaron en familia, conversaron tranquilamente durante la sobremesa y, como era habitual, Jhenny dio un beso a sus padres, les deseó buenas noches y se retiró a su dormitorio.

Pero aquella noche no tenía precisamente sueño.

Estaba nerviosa y emocionada. Se cambió de ropa, se arregló, se puso guapísima y, para no levantar sospechas, se metió en la cama como si fuera a dormir profundamente.

Pasaron un par de horas.

La casa quedó en silencio, las luces se apagaron y sus padres se fueron a dormir.

Jhenny esperó un poco más, aguzó el oído y comprobó que no hubiera moros en la costa.

¡Llegó el momento!

Con muchísimo cuidado, abrió la ventana de la salita, salió sigilosamente, apoyó los pies en una columna ornamental y descendió hasta llegar al exterior de la casa.

¡Misión cumplida!

En la esquina la esperaban Ruth y dos amigos.

Entre risas nerviosas, emoción y alguna que otra mirada de complicidad, los cuatro emprendieron camino hacia la fiesta.

Y vaya si la estaban pasando bomba.

La música sonaba a todo volumen, el ambiente era una auténtica locura y la alegría se contagiaba de mesa en mesa.

Todo parecía perfecto, hasta que el animador anunció un sorteo muy especial.

El premio consistía en una botella de ron y una Coca-Cola de dos litros, que se llevaría la mesa más alegre de todo el salón.

¡Aquello sí que era un premio!

Los amigos de Jhenny se animaron todavía más. Entre gritos, aplausos, bailes y ocurrencias, hicieron todo lo posible por demostrar que nadie podía superar su entusiasmo.

Y, para sorpresa de todos...

¡La mesa ganadora era precisamente la de Jhenny!

La euforia se apoderó del grupo.

Saltaban, gritaban, aplaudían y celebraban como si acabaran de ganar un campeonato mundial.

Todos juntos se dirigieron al escenario para recoger su flamante premio:

¡Una botella de ron y su inseparable Coca-Cola!

La fiesta continuó y las horas pasaron volando.

Hasta que Jhenny, mirando el reloj, se dio cuenta de que ya era bastante tarde.

Recordó que tenía una casa, unos padres y, sobre todo, una escapada clandestina que todavía debía terminar sin dejar huellas.

Así que se despidió de Ruth y de los demás.

Uno de los muchachos se ofreció a acompañarla hasta su casa.

Al llegar, Jhenny tuvo que repetir la hazaña de la salida, pero esta vez en sentido contrario:

¡Le tocaba escalar!

Con mucho cuidado, consiguió entrar por la misma ventana por la que había escapado unas horas antes.

Respiró aliviada.

¡Lo había conseguido!

Sus padres no se habían enterado de absolutamente nada.

O eso creía ella...

Llegó el sábado y, como era fin de semana, su madre la vio durmiendo plácidamente y decidió no despertarla. Después de todo, los sábados también estaban hechos para descansar y recuperar energías.

La mañana transcurrió sin sobresaltos.

Pero el domingo...

¡Ay, el domingo!

Como era costumbre, el muchacho del periódico llegó a casa y entregó el ejemplar a su padre, quien disfrutaba enormemente hojeándolo antes de comer.

Su padre pasó las páginas tranquilamente, hasta que llegó a la sección de Sociales.

Y entonces...

¡Se le abrieron los ojos como platos!

De un brinco se puso de pie, llamó a su esposa y, con el periódico en la mano, la invitó a mirar algo que jamás habría imaginado.

Allí estaba Jhenny.

¡En una fotografía enorme, publicada en la sección de Sociales!

Aparecía con una copa en alto, abrazada a uno de sus amigos, con una expresión de absoluta felicidad y un gesto que parecía decir:

¡Salud, señores!

Y, por si la fotografía no fuera suficiente, debajo aparecía un titular que terminó de rematar la faena:

«Universitarios eufóricos, ganadores de la fiesta del trago...»

Los padres se miraron, incrédulos.

Después, llamaron a Jhenny.

Y no precisamente para preguntarle si había dormido bien.

La jovencita apareció todavía con cara de sueño, sin sospechar que su aventura nocturna acababa de convertirse en noticia familiar.

Bastó una mirada al periódico para que se le borrara la sonrisa.

¡La habían descubierto!

Y no por el ruido de una puerta, ni por una ventana mal cerrada, ni porque sus padres hubieran encontrado alguna pista en su habitación.

¡La había delatado un periódico chismoso, con fotografía a todo color y en primera plana de Sociales!

Lo que había comenzado como una emocionante aventura de carnaval terminó convirtiéndose en una inolvidable lección de vida...

Y, seguramente, en una de las conversaciones familiares más incómodas de su adolescencia. 😂

MORALEJA

A veces, por querer vivir una aventura a escondidas, terminamos protagonizando una historia que todo el mundo puede ver.

Es mejor pedir permiso como Dios manda que confiar en que nadie se enterará. Porque puedes engañar a tus padres durante una noche, pero nunca sabes cuándo un periódico chismoso, una cámara indiscreta o una casualidad pueden convertirse en tus peores cómplices... ¡o en tus más grandes delatores!

© María Eugenia Rojas Alegría

CUANDO EL HOMBRE VOLVIÓ A LA LUZ. Cuento con moraleja 🙏🏻

CUANDO EL HOMBRE VOLVIÓ A LA LUZ
© María Eugenia Rojas Alegría 


Dicen que, cuando Dios creó al hombre, puso en sus manos todos los tesoros que podían hacerlo verdaderamente feliz.

Le dio sabiduría para comprender, fuerza para caminar, riqueza para compartir y un corazón capaz de amar.

Lo hizo libre, porque el amor verdadero nunca puede ser impuesto.

Le concedió incluso el poder de decir «no», porque solamente quien puede elegir el camino de la oscuridad puede comprender el verdadero valor de la luz.

Y durante un tiempo, el hombre caminó feliz por la tierra.

Hasta que un día escuchó una voz que no venía de la luz.

La serpiente se acercó sigilosa y, con palabras dulces, sembró la duda en su corazón. El demonio le mostró aquello que parecía libertad, pero que escondía la desobediencia.

Y el hombre, seducido por la promesa de ser más de lo que era, olvidó por un instante todo lo que había recibido.

Entonces algo cambió.

El que había sido rico conoció la pobreza.

El sabio comenzó a caminar entre la ignorancia.

El fuerte sintió el peso de su propia debilidad.

El que había conocido la felicidad abrazó la tristeza.

Y aquel que había sido creado para la eternidad conoció el miedo a la muerte.

Las sombras entraron en su mundo.

Llegaron disfrazadas de enfermedad, angustia, tristeza y desesperanza.

Se escondieron detrás de la envidia, del odio, de la violencia y de tantas heridas que el hombre fue dejando a su paso.

Pero Dios no cerró la puerta.

Porque, aun cuando el hombre se aleja, la luz permanece esperando.

Y existe siempre un instante —a veces basta uno solo— en que el alma comprende que ha caminado demasiado tiempo lejos de su origen.

Entonces puede volver.

No necesita riquezas.

No necesita grandeza.

No necesita vencer a nadie.

Necesita solamente dejar caer el orgullo y abrir el corazón.

Aprender a vivir con alegría.

Perdonar.

Dejar atrás la ira y el resentimiento.

Tender la mano en lugar de cerrarla.

Servir en lugar de servirse de los demás.

Dar una oportunidad en lugar de negarla.

Respetar en lugar de herir.

Y, cuando el corazón ya no encuentra palabras, pronunciar con fe un nombre:

JESÚS.

Una y otra vez.

Porque hay nombres que se dicen con los labios y hay nombres que se pronuncian con el alma.

Y cuando el hombre pronuncia ese nombre con verdadero arrepentimiento, algo comienza a cambiar dentro de él.

Las manchas del pasado ya no parecen eternas.

La oscuridad comienza a retroceder y, poco a poco, una claridad nueva vuelve a iluminar aquello que parecía perdido.

Entonces comprende que el perdón no borra lo vivido, pero puede transformar la manera en que vivimos con aquello que ocurrió.

Comprende que todavía puede levantarse.

Que todavía puede amar.

Que todavía puede servir.

Que todavía puede reparar, en la medida de lo posible, aquello que un día dañó.

Y que todavía puede volver a caminar por la hermosa tierra que Dios puso bajo sus pies.

Es entonces cuando, en el silencio profundo de su corazón, escucha una voz que parece venir de muy lejos y, al mismo tiempo, haber estado dentro de él desde siempre:

—Tus pecados te son perdonados. Levántate y anda.

El hombre se levanta.

Y por primera vez comprende que la verdadera riqueza no estaba en sus manos, sino en su corazón.

Que la verdadera sabiduría no consistía en saberlo todo, sino en reconocer el camino de regreso.

Que la verdadera fuerza no era vencer a los demás, sino vencer el mal que habitaba dentro de sí.

Y que la verdadera felicidad no había desaparecido.

Había estado esperando, paciente y silenciosa, detrás de la puerta de la luz.

Desde entonces, cada vez que el hombre vuelve a caer, recuerda que el camino hacia Dios nunca está completamente cerrado.

Porque mientras exista arrepentimiento, habrá esperanza.

Mientras exista amor, habrá posibilidad de perdonar y de ser perdonado.

Y mientras quede una pequeña chispa de luz en el corazón, siempre será posible volver a empezar.

MORALEJA

El ser humano puede perderse muchas veces, pero nunca pierde por completo el camino de regreso mientras conserve la voluntad de cambiar.

El amor, el perdón, la oración y el bien que hacemos a los demás pueden convertirse en las luces que nos guíen nuevamente hacia Dios.

Porque equivocarse no significa que todo esté perdido.

A veces, regresar a la luz comienza simplemente con una decisión:

abrir nuevamente el corazón.

© María Eugenia Rojas Alegría






GRACIAS, DIVINO DIOS, POR MI VIDA 🙏

GRACIAS, DIVINO DIOS, POR MI VIDA
© María Eugenia Rojas Alegría 

Gracias, Divino Dios, por el regalo de la vida, por cada experiencia vivida, por las lecciones aprendidas y por la inmensa dicha de ser madre y abuela.

Gracias por el amor de mi familia; por el que recibí de mis padres, por el que he compartido con mis hijos y por la ternura, el cariño y las sonrisas de mis nietos. Seis grandes amores que ocupan un lugar único en mi corazón y dan un sentido especial a mi vida.

Cuatro de mis nietos están en Bolivia. Las circunstancias y la distancia han hecho que no haya podido conocerlos ni compartir con ellos tanto como hubiera deseado. Hay ausencias que no elegimos y kilómetros que parecen multiplicarse cuando el corazón anhela un abrazo. Sin embargo, el amor de una abuela no entiende de fronteras ni necesita una presencia constante para existir. Aunque no hayamos podido construir juntos todos los recuerdos que soñé, cada uno de esos nietos forma parte de mí.

Por fortuna, la vida también me ha regalado la oportunidad de acompañar de cerca a mis otros dos nietos, Hershel Gabriel y José María. Los he visto crecer y he tenido el privilegio de compartir con ellos juegos, conversaciones, travesuras y aprendizajes que hoy guardo como algunos de mis tesoros más preciados. A su lado he descubierto que ser abuela es seguir encontrando motivos para sonreír, sorprenderse con sus ocurrencias y disfrutar de esos momentos cotidianos que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en recuerdos inolvidables.

Gracias por cada sueño cumplido y por aquellos que todavía esperan su oportunidad en algún rincón de mi corazón.

Los años también han ido dejando sus señales. Mi pelo luce algunos hilos plateados, cuidadosamente disimulados bajo el tinte, y en mi rostro comienzan a dibujarse pequeñas arrugas que hablan de alegrías, lágrimas, desafíos y caminos recorridos. No son simples marcas del tiempo, sino testimonios de una vida que he tenido el privilegio de vivir intensamente. Cada una encierra una historia y me recuerda cuánto he amado, cuánto he aprendido y cuántas veces he encontrado fuerzas para seguir adelante.

Hoy quiero continuar mi camino con gratitud, disfrutando de lo que tengo y aprendiendo a valorar cada instante, sin exigirle a la vida que sea perfecta para reconocer todo lo bueno que me ofrece.

Gracias a mi princesa Andreita, cuyo amor, preocupación y ternura consiguen que me sienta querida, acompañada y especial. Su presencia es uno de esos regalos que hacen más llevaderos los días difíciles y más felices los momentos buenos.

Gracias también a su compañero de vida, Jose, por su buen humor y por esas ocurrencias capaces de arrancarme una sonrisa cuando menos lo espero. Sus bromas y su manera de encontrar el lado divertido de las cosas me han regalado incontables carcajadas, de esas que alegran el alma y permanecen en la memoria mucho después de que termina el momento.

Y gracias, de una manera muy especial, por mi hijo José, que, aunque hoy se encuentre lejos, permanece muy cerca de mi corazón.

Me llena de orgullo saber que ha construido su propio camino y formado su familia, que es un buen profesional y, por encima de todo, un hombre con valores, sentimientos y sueños propios. Como madre, su felicidad siempre será importante para mí, aunque no pueda estar físicamente a su lado en cada etapa de su vida. Lo acompaño desde la distancia con mis pensamientos, mi cariño y mis oraciones, deseando que encuentre la serenidad y la fortaleza necesarias para afrontar cada desafío.

Ser madre también me ha enseñado que amar significa respetar las decisiones de los hijos, aceptar que deben recorrer sus propios caminos y confiar en que sabrán encontrar su lugar en el mundo. No siempre resulta fácil mantenerse al margen cuando el corazón quisiera resolverlo todo, pero he comprendido que hay formas de acompañar que no necesitan presencia física: basta con hacerles saber que nuestro amor sigue ahí, incondicional, dispuesto a escuchar y a ofrecer refugio cuando lo necesiten.

Gracias, Divino Dios, por haber puesto también a Manolo en mi camino. Llegó a mi vida durante aquellos días tan extraños del confinamiento por la COVID-19 y, desde entonces, se ha convertido en parte de mi historia.

Gracias por su compañía, por el cariño que compartimos y por las risas que tantas veces han aligerado nuestras preocupaciones. Es mi cómplice en las pequeñas aventuras cotidianas, la persona con quien puedo conversar, compartir inquietudes y disfrutar de esos instantes que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en recuerdos entrañables.

Con él he aprendido a valorar aún más la sencillez de la compañía, la confianza que se construye con el tiempo y la alegría de tener a alguien con quien compartir el día a día. Porque quizá el amor maduro consista precisamente en eso: caminar juntos, apoyarse cuando las fuerzas flaquean, reírse de las pequeñas cosas y descubrir que la felicidad no siempre necesita grandes acontecimientos.

Gracias por cada etapa de mi vida, por los sentimientos que me han conmovido, por los anhelos que me han impulsado a soñar y por las lágrimas que, en ocasiones, me han ayudado a comprender mejor mi propia historia.

Gracias por las personas que me han escuchado cuando necesitaba desahogarme, por quienes me han ayudado a encontrar soluciones y por aquellas que, sin necesidad de hacer grandes cosas, han conseguido devolverme la ilusión con una palabra amable o un gesto sincero.

También agradezco la amistad de quienes han llegado a mi vida y me han demostrado que todavía existen personas con las que se puede hablar con confianza, compartir una preocupación, pedir consejo o disfrutar del silencio sin sentirse sola. Cada encuentro verdadero deja algo de sí en nosotros, y yo me siento afortunada por haber conocido a personas que han enriquecido mi camino.

Hoy no pido grandes riquezas ni una vida libre de dificultades. Le pido a Dios salud para seguir adelante, serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, sabiduría para afrontar lo que venga y tiempo para disfrutar de quienes amo.

Cuando miro hacia atrás, no cuento mi vida por las arrugas que aparecen en mi rostro ni por los años que han pasado. La cuento por las historias que llevo conmigo, por las personas que han formado parte de ella y por las experiencias que me han enseñado a mirar el mundo de otra manera.

Algunos momentos me regalaron una felicidad inmensa; otros me hicieron llorar y me obligaron a reunir fuerzas cuando creía que ya no me quedaban. Hubo ocasiones en las que aprendí a confiar y otras en las que tuve que reconocer la importancia de poner límites. También descubrí que perdonar no siempre significa olvidar, que esperar requiere paciencia y que dejar ir, por doloroso que resulte, puede ser necesario para seguir viviendo en paz.

Ninguna de esas experiencias ha sido inútil. Incluso las más difíciles me han ayudado a conocerme mejor y a comprender que la vida no siempre sigue el rumbo que imaginamos. A veces nos aparta de aquello que deseábamos y nos conduce por senderos inesperados; otras, nos sorprende con regalos que jamás habríamos sabido pedir. Con los años he aprendido que agradecer no significa haberlo tenido todo, sino reconocer el valor de aquello que, a pesar de las dificultades, ha dado luz a nuestra existencia.

Por eso, hoy mi corazón se vuelve hacia el cielo y encuentra las palabras más sencillas, pero también las más sinceras:

Gracias, Dios mío, por haberme regalado la vida.

Gracias por mis padres, por mis hijos y por mis seis nietos, cada uno presente en mi corazón, sin importar la distancia que nos separe.

Gracias por Hershel Gabriel y José María, por la alegría de tenerlos cerca, por sus ocurrencias y por cada recuerdo que seguimos construyendo juntos. Y gracias por mis cuatro nietos de Bolivia, a quienes quisiera haber abrazado mucho más, pero a quienes llevo conmigo a pesar de todo lo que la distancia nos ha impedido compartir.

Gracias por mi hija Andrea María y Jose Antonio, por mi hijo José Hebert y por Manolo, por el cariño que recibo de cada uno y por las distintas formas en que enriquecen mi vida.

Gracias por las amistades sinceras, por las oportunidades que me permitieron crecer, por las sonrisas que iluminaron mis días y por las dificultades que me enseñaron a descubrir una fortaleza que a veces ni yo misma sabía que tenía.

Y, sobre todo, gracias por concederme la oportunidad de seguir escribiendo mi historia.

No sé cuántas páginas me quedan por llenar ni qué sorpresas aguardan en las siguientes, pero deseo recibirlas con el corazón abierto, conservar la capacidad de emocionarme y seguir encontrando motivos para sonreír, aprender y amar.

Porque mientras haya vida, siempre habrá algo nuevo que descubrir, alguien a quien querer, algún sueño que alimentar y una página más por escribir.

MORALEJA

La verdadera riqueza de una vida no se mide por los años cumplidos ni por las cosas que hemos conseguido, sino por el amor que hemos compartido, las enseñanzas que hemos dejado y los recuerdos que permanecen vivos en quienes forman parte de nuestra historia.

Ser madre y abuela también significa comprender que el cariño puede superar las distancias, aunque estas nos priven de abrazos y momentos que hubiéramos deseado vivir. Significa aprender a disfrutar de quienes tenemos cerca sin dejar de amar a quienes están lejos, porque cada vínculo ocupa su propio lugar en el corazón.

Con el paso del tiempo descubrimos que la felicidad no exige una vida perfecta. A menudo se esconde en una conversación sincera, una carcajada inesperada, una mano que nos acompaña o la tranquilidad de saber que hemos amado y hemos sido amados. También nace de aceptar lo que no pudo ser y de seguir adelante sin renunciar a la esperanza.

Quizá la sabiduría consista en llegar a cierta edad y comprender que no podemos cambiar todas las circunstancias, recuperar todos los momentos ni acortar todas las distancias. Pero sí podemos elegir cómo mirar nuestro pasado, qué hacer con lo aprendido y con cuánto amor deseamos vivir el presente.

Y cuando llega ese momento de mirar atrás sin reproches y hacia delante sin miedo, el corazón encuentra su propia manera de dar las gracias.

Gracias por todo lo vivido.

Gracias por todo lo aprendido.

Y gracias, Dios mío, por haberme permitido llegar hasta aquí.


© María Eugenia Rojas Alegría









sábado, 26 de septiembre de 2026

PERSONAS MALAS: CUANDO LA INDIFERENCIA SE CONVIERTE EN PAZ. Con moraleja ☺️

 PERSONAS MALAS: CUANDO LA INDIFERENCIA SE CONVIERTE EN PAZ

© María Eugenia Rojas Alegría 

A lo largo de mi vida he conocido personas incapaces de reconocer los sentimientos ajenos, personas que parecían encontrar satisfacción en el dolor de los demás.

Han sido pocas, pero suficientes para dejarme experiencias que me han obligado a reflexionar profundamente sobre la naturaleza humana.

Muchas veces me he preguntado qué puede llevar a alguien a comportarse con tanta frialdad, desprecio o crueldad.

He intentado comprenderlo y he llegado a pensar que, quizá, algunas de estas personas crecieron en ambientes donde el maltrato, la indiferencia o la falta de afecto dejaron huellas profundas. Tal vez aprendieron a tratar a los demás como alguna vez fueron tratados.

Sin embargo, comprender un posible origen no significa justificar el daño que causan.

Hay actitudes que revelan una enorme falta de empatía: la incapacidad de ponerse en el lugar del otro, la necesidad de humillar, el desprecio disfrazado de ironía, las amenazas, las burlas hirientes y esa indiferencia calculada que puede hacer que una persona se sienta invisible.

No siempre hace falta levantar la voz para hacer daño.

A veces basta una mirada de desprecio, una palabra cruel o un silencio utilizado como castigo.

Y qué difícil resulta convivir con esa hostilidad cuando uno no está acostumbrado a ella.

Para mí fue doloroso encontrarme con personas que parecían transmitir rechazo incluso sin pronunciar una sola palabra. Sufrí intentando entender sus comportamientos, buscando explicaciones y preguntándome por qué alguien podía disfrutar haciendo sentir mal a otra persona.

Con el tiempo comprendí algo esencial:

No todas las personas que encontramos en nuestro camino tienen la capacidad, ni la voluntad, de ofrecernos un trato amable.

Y aunque no podemos controlar sus actitudes, sí podemos decidir cuánto espacio les concedemos en nuestra vida y, sobre todo, cuánto espacio les permitimos ocupar en nuestros pensamientos.

Fue entonces cuando, gracias a la inteligencia que Dios me ha dado y a la reflexión que nace de las experiencias difíciles, comencé a cambiar mi manera de ver las cosas.

Aprendí a distinguir entre aquello que merece mi atención y aquello que solamente pretende robarme la tranquilidad.

Descubrí que la indiferencia, cuando no nace del odio, sino del amor propio, puede convertirse en una forma de libertad.

No se trata de volverse una persona fría, de devolver el daño recibido ni de vivir guardando rencor.

Se trata de dejar de entregar nuestra paz a quienes no saben respetarla.

Se trata de poner límites, de retirarnos de donde no somos bien recibidos y de comprender que no tenemos la obligación de agradar a todo el mundo ni de encontrar una explicación para cada comportamiento cruel.

También aprendí a valorar mucho más a esas personas maravillosas que, quizá sin imaginarlo, me han demostrado un cariño inmenso.

Personas que me han regalado su amistad sincera, su compañía, su generosidad y esa clase de afecto que no necesita grandes discursos porque se demuestra con hechos.

Hoy elijo quedarme con ellas.

Con las sonrisas auténticas.

Con las palabras que reconfortan.

Con los corazones nobles.

Con las personas que saben querer sin intereses y ofrecer amistad sin condiciones.

Ya no quiero desgastar mi corazón intentando comprender a quien no desea comprenderme.

Mi energía es demasiado valiosa para invertirla en el desprecio ajeno.

Prefiero dedicarla a vivir, a agradecer, a disfrutar de las pequeñas cosas y a seguir siendo la persona que soy, sin permitir que la amargura de otros transforme mi manera de sentir.

Porque hay una victoria que no necesita aplausos:

seguir teniendo un corazón capaz de amar después de haber conocido la crueldad; conservar la sonrisa después de haber sentido el desprecio y no permitir que la oscuridad de otros apague nuestra propia luz.

Y si algo me ha enseñado esta experiencia es que la verdadera fortaleza no consiste en ser capaz de hacer daño.

Consiste en tener la libertad de no hacerlo, incluso cuando hemos sido heridos.

🌿 MORALEJA

No permitas que las personas que carecen de empatía te enseñen a vivir sin ella.

No confundas ser bueno con soportarlo todo, ni ser indiferente con dejar de sentir.

Aprende a poner límites sin perder tu esencia, a alejarte sin odiar y a proteger tu paz sin renunciar a tu bondad.

No tienes que luchar todas las batallas ni responder a todas las provocaciones.

A veces, alejarse en silencio es una forma de cuidarse.

Al final, la vida es demasiado hermosa para desperdiciarla sufriendo por quienes no saben apreciar el cariño que podemos ofrecer.

✨ MI REFLEXIÓN FINAL

Sobran motivos para amar,

para disfrutar y soñar.

La mentira no me vencerá,

ni el desprecio mi sonrisa borrará.

Que hablen, que juzguen,

que intenten herir;

yo tengo mil razones

para seguir.

Con Dios en mi alma

y la verdad en

 mi corazón,

seguiré regalando cariño,

sin perder jamás mi ilusión.

© María Eugenia Rojas Alegría