Cuentos y relatos de Mau * Maria Eugenia Rojas Alegria
Mis vivencias traducidas en cuentos y relatos.
domingo, 27 de septiembre de 2026
LA ESCAPADA DE JHENNY TERMINO EN PRIMERA PLANA. Cuento con moraleja ☺️
CUANDO EL HOMBRE VOLVIÓ A LA LUZ. Cuento con moraleja 🙏🏻
GRACIAS, DIVINO DIOS, POR MI VIDA 🙏
sábado, 26 de septiembre de 2026
PERSONAS MALAS: CUANDO LA INDIFERENCIA SE CONVIERTE EN PAZ. Con moraleja ☺️
PERSONAS MALAS: CUANDO LA INDIFERENCIA SE CONVIERTE EN PAZ
A lo largo de mi vida he conocido personas incapaces de reconocer los sentimientos ajenos, que parecen encontrar satisfacción en el dolor de los demás. Afortunadamente, han sido pocas, apenas tres, pero suficientes para dejarme una experiencia que me ha obligado a reflexionar profundamente sobre la naturaleza humana.
Me he preguntado muchas veces qué puede llevar a alguien a comportarse con tanta frialdad, desprecio y crueldad. He intentado comprenderlo y he llegado a pensar que, quizá, algunas de estas personas crecieron en ambientes donde el maltrato, la indiferencia o la falta de afecto dejaron huellas profundas. Tal vez aprendieron a tratar a los demás como alguna vez fueron tratados. Sin embargo, comprender un posible origen no significa justificar el daño que causan.
Hay actitudes que revelan una enorme pobreza de empatía: la incapacidad de ponerse en el lugar del otro, la necesidad de humillar, el desprecio disfrazado de ironía, las amenazas, las burlas hirientes y esa indiferencia calculada que convierte a una persona en invisible. No siempre hace falta levantar la voz para hacer daño; a veces, basta una mirada de desprecio, una palabra cruel o un silencio utilizado como castigo.
Y qué difícil resulta convivir con esa hostilidad cuando uno no está acostumbrado a ella. Para mí fue doloroso encontrarme con personas que parecían transmitir rechazo incluso sin pronunciar una sola palabra. Sufrí intentando entender sus comportamientos, buscando explicaciones y preguntándome por qué alguien podía disfrutar haciendo sentir mal a otra persona.
Con el tiempo comprendí algo esencial: no todas las personas que encontramos en nuestro camino tienen la capacidad, ni la voluntad, de ofrecernos un trato amable. Y aunque no podemos controlar sus actitudes, sí podemos decidir cuánto espacio les concedemos en nuestra vida y en nuestros pensamientos.
Fue entonces cuando, gracias a la inteligencia que Dios me ha dado y a la reflexión que nace de las experiencias difíciles, comencé a cambiar mi manera de ver las cosas. Aprendí a distinguir entre lo que merece mi atención y lo que solamente pretende robarme la tranquilidad. Descubrí que la indiferencia, cuando no nace del odio, sino del amor propio, puede convertirse en una forma de libertad.
No se trata de volverse una persona fría, de devolver el daño recibido ni de vivir guardando rencor. Se trata de dejar de entregar nuestra paz a quienes no saben respetarla. Se trata de poner límites, de retirarnos de donde no somos bien recibidos y de comprender que no tenemos la obligación de agradar a todo el mundo ni de encontrar una explicación para cada comportamiento cruel.
También aprendí a valorar mucho más a esas personas maravillosas que, quizá sin imaginarlo, me han demostrado un cariño inmenso. Personas que me han regalado su amistad sincera, su compañía, su generosidad y esa clase de afecto que no necesita grandes discursos porque se demuestra con hechos.
Hoy elijo quedarme con ellas, con las sonrisas auténticas, con las palabras que reconfortan, con los corazones nobles y con la tranquilidad de saber que todavía existen personas capaces de querer sin intereses y de ofrecer amistad sin condiciones.
Ya no quiero desgastar mi corazón intentando comprender a quien no desea comprenderme. Mi energía es demasiado valiosa para invertirla en el desprecio ajeno. Prefiero dedicarla a vivir, a agradecer, a disfrutar de las pequeñas cosas y a seguir siendo la persona que soy, sin permitir que la amargura de otros transforme mi manera de sentir.
Porque hay una victoria que no necesita aplausos: seguir teniendo un corazón capaz de amar después de haber conocido la crueldad; conservar la sonrisa después de haber sentido el desprecio y no permitir que la oscuridad de otros apague nuestra propia luz.
Y si algo me ha enseñado esta experiencia, es que la verdadera fortaleza no consiste en ser capaz de hacer daño, sino en tener la libertad de no hacerlo, incluso cuando hemos sido heridos.
MI MORALEJA:
No permitas que las personas que carecen de empatía te enseñen a vivir sin ella. No confundas ser bueno con soportarlo todo, ni ser indiferente con dejar de sentir. Aprende a poner límites sin perder tu esencia, a alejarte sin odiar y a proteger tu paz sin renunciar a tu bondad.
Al final, la vida es demasiado hermosa para desperdiciarla sufriendo por quienes no saben apreciar el cariño que podemos ofrecer.
MI REFLEXIÓN FINAL:
Sobran motivos para amar, para disfrutar y soñar.
La mentira no me vencerá, ni el desprecio mi sonrisa borrará.
Que hablen, que juzguen, que intenten herir; yo tengo mil razones para seguir.
Con Dios en mi alma y la verdad en mi corazón, seguiré regalando cariño, sin perder jamás mi ilusión.
© María Eugenia Rojas Alegría
viernes, 25 de septiembre de 2026
La pequeña luz del bosque. Cuento con moraleja 🌳
🌳 LA PEQUEÑA LUZ DEL BOSQUE 🌳
(Un secreto de esperanza y fe)
En un bosque escondido entre montañas vivía una pequeña luciérnaga llamada Lía.
A diferencia de las demás luciérnagas, su luz era muy tenue. Por las noches veía cómo sus compañeras iluminaban grandes rincones del bosque, mientras ella apenas conseguía iluminar una hojita.
Lía comenzó a pensar que su pequeña luz no servía para nada.
Una noche, mientras caminaba triste entre los árboles, escuchó un suave llanto…
—¿Hay alguien ahí? —preguntó Lía.
Entonces vio a un pequeño animal perdido entre los arbustos.
Lía se acercó lentamente al animal que lloraba entre los arbustos.
Era un pequeño zorro de pelaje plateado. Tenía los ojos enormes y, alrededor de su cuello, llevaba una diminuta llave dorada.
—¿Estás perdido? —preguntó Lía.
El zorro dejó de llorar y miró fijamente la pequeña luz de la luciérnaga.
—No estoy perdido — respondió con una voz sorprendentemente dulce —Estoy buscando a alguien.
—¿A quién?
El zorro se acercó y susurró:
—A ti.
Lía se quedó completamente quieta.
—¿A mí? ¿Por qué?
El zorro levantó la pequeña llave dorada.
—Porque esta llave solo puede abrir una puerta cuando está cerca de una luz como la tuya.
Lía miró su tenue resplandor.
—Pero mi luz es demasiado pequeña...
El zorro sonrió.
—Precisamente por eso.
Caminaron juntos hasta llegar a la parte más antigua del bosque. Allí encontraron un enorme árbol con el tronco cubierto de símbolos luminosos.
El zorro introdujo la llave en una pequeña cerradura escondida entre las raíces.
Clic.
El árbol comenzó a temblar suavemente y una puerta apareció en su tronco.
Pero antes de abrirla, el zorro le dijo:
—Lía, detrás de esta puerta descubrirás por qué tu luz nunca fue como la de las demás.
La puerta empezó a abrirse...
Y una luz azulada llenó todo el bosque.
Lía dio un paso hacia delante.
Sin saber que, al otro lado, la esperaba el secreto que cambiaría su vida para siempre.
🌟 El secreto de la pequeña luz
Lía cruzó la puerta.
Al otro lado no había tesoros ni piedras preciosas. Había un enorme lago tranquilo que parecía reflejar el cielo entero. Sobre el agua flotaban cientos de pequeñas luces, como estrellas que hubieran bajado a descansar.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Lía.
El pequeño zorro plateado respondió:
—Es el Lago de los Deseos que aún no se han cumplido.
Lía observó las luces con asombro.
—¿Y qué hago yo aquí?
El zorro señaló una luz muy pequeña que flotaba en medio del lago.
—Esa es la tuya.
Lía se acercó.
—Pero... es igual que mi luz.
—No —dijo el zorro—. Las demás luces iluminan cuando todo está bien. La tuya tiene un poder diferente.
—¿Cuál?
El zorro sonrió.
—La tuya puede encenderse cuando alguien ha dejado de creer.
Lía permaneció en silencio.
Entonces comprendió algo que nunca había visto antes: su luz no era pequeña porque le faltara fuerza. Era pequeña porque estaba hecha para entrar en los lugares donde las luces grandes no podían llegar.
En ese instante, el bosque quedó completamente oscuro.
El zorro miró hacia los árboles.
—Ha ocurrido algo.
A lo lejos se escuchó una voz:
—¡Ayuda!
Lía sintió miedo.
Su diminuta luz comenzó a temblar.
—No sé si podré...
El zorro se acercó a ella.
—La fe no significa saber que todo saldrá bien. Significa dar un paso adelante aunque todavía no puedas ver el camino.
Lía respiró profundamente.
Y dio un paso.
Después otro.
Su pequeña luz comenzó a crecer.
Primero iluminó una hoja.
Después una rama.
Después un sendero entero.
Y cuanto más avanzaba, más brillaba.
Por fin encontraron a una familia de animales que se había perdido durante la tormenta.
Cuando Lía los iluminó, una de las pequeñas crías levantó la cabeza y sonrió.
—Sabía que alguien vendría.
Lía sintió algo cálido en el corazón.
Entonces comprendió el verdadero secreto del bosque:
La esperanza no siempre llega como una gran luz. A veces comienza como un pequeño resplandor que alguien decide proteger.
Y aquella noche Lía dejó de avergonzarse de su luz.
Porque descubrió que no necesitaba brillar más que los demás.
Solo necesitaba no dejar de brillar.
🌿 MORALEJA:
Nunca desprecies una pequeña luz. A veces, aquello que creemos que es nuestra debilidad es precisamente lo que puede llevar e
speranza a alguien que está perdido. La fe nos ayuda a dar el siguiente paso, incluso cuando todavía no vemos el camino.
© María Eugenia Rojas Alegría




