Cuentos y relatos de Mau * Maria Eugenia Rojas Alegria
Mis vivencias traducidas en cuentos y relatos.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
El eco de las acciones: cuando el karma pone todo en su lugar. Cuento con moraleja 🌸
domingo, 23 de agosto de 2026
El árbol que dejó de prestar sus frutos. Cuentos con moraleja 📝
El árbol que dejó de prestar sus frutos
En un pequeño pueblo había un árbol que, durante años, compartió generosamente sus frutos con todos los que se acercaban.
Había quienes llegaban con una sonrisa, extendían las manos y se llevaban cuanto necesitaban. El árbol nunca preguntaba cuándo se los devolverían. Pensaba que ayudar a quien quieres no necesita cuentas.
Pero llegó un día en que el árbol estaba cansado.
Había dado mucho y recibido muy poco. Así que decidió, por primera vez, guardar sus frutos para sí mismo.
Algunos lo comprendieron.
Otros, en cambio, se enfadaron.
—¡Qué árbol tan egoísta! —decían.
Y como no podían obligarlo a seguir dando frutos, buscaron otra manera de castigarlo. Tomaron una fotografía del árbol y comenzaron a contar historias sobre él, intentando convencer al pueblo de que era un árbol peligroso, de malas ideas y malas intenciones.
Pero había un problema con aquella historia:
Quienes conocían al árbol sabían cómo había sido durante años.
Sabían cuánto había dado.
Sabían quiénes habían acudido una y otra vez a pedirle frutos.
Y también sabían que nunca se puede convertir una negativa en una culpa simplemente porque alguien se acostumbró solo a recibir.
El árbol aprendió entonces una gran lección:
No todos se enfadan porque les hayas hecho daño. Algunos se enfadan simplemente porque dejaste de permitir que te lo hicieran.
Y siguió creciendo en silencio.
Porque un árbol no necesita destruir a quien intenta ensuciar su nombre.
Con el tiempo, los frutos hablan por sí solos.
Moraleja:
Quien se acostumbra a recibir de ti puede llamar egoísmo a tus límites cuando dejas de darle. Pero poner límites no te convierte en una mala persona. Y cuando alguien necesita difamarte porque ya no puede beneficiarse de ti, quizá la verdadera historia no esté en lo que cuenta, sino en lo que perdió cuando tú dijiste: “Hasta aquí.”
© María Eugenia Rojas Alegría
Hebert López Gonzales - Roberto López González
viernes, 21 de agosto de 2026
La Mujer Que Aprendió A Florecer. Cuentos con moraleja 📝
La mujer que aprendió a florecer
jueves, 20 de agosto de 2026
El Peso de Un "NO". Cuentos con moraleja 😀
El peso de un “NO”
María Eugenia Rojas Alegría
Había una vez, en un prado soleado, un joven castor llamado Tobías. Tobías era un trabajador incansable. Día tras día cortaba madera y construía la presa más sólida del arroyo para asegurar que a su pareja y a sus dos pequeños castorcitos nunca les faltara refugio ni alimento.
Durante mucho tiempo, Tobías no solo mantenía su hogar, sino que también compartía sus provisiones con su padre y con su tío. Sin embargo, el esfuerzo era monumental y las fuerzas no infinitas. Un día, viendo que sus propios pequeños crecían y necesitaban más sustento, Tobías habló con ellos con respeto y madurez:
—Padre, tío, les he ayudado con todo lo que he podido, pero hoy mis propios hijos necesitan que centre mis fuerzas en mi hogar. Ya no puedo seguir trayéndoles madera ni comida todos los días.
El padre y el tío, acostumbrados a la comodidad sin esfuerzo, no sintieron gratitud por los años de ayuda, sino una rabia ciega por el límite marcado. Incapaces de aceptar un "no", tramaron una venganza.
Aprovechando la noche, el padre y el tío corrieron al gran árbol donde el castor mayor del arroyo coordinaba a los trabajadores. Esparcieron mentiras ponzoñosas: dijeron que Tobías robaba madera del arroyo, que era un traidor y que pensaba destruir la gran presa del pueblo. Para dar fuerza a su mentira, mostraron marcas en los árboles que Tobías había cortado para ellos tiempo atrás, distorsionando la historia a su conveniencia.
El castor mayor, creyendo los rumores, expulsó a Tobías de la comunidad de constructores y le prohibió trabajar en el arroyo principal.
Sin trabajo y con la reputación manchada por su propia sangre, Tobías sintió un dolor profundo en el pecho. Pero en lugar de dejarse vencer, miró a sus pequeños y decidió empezar de nuevo. Buscó un riachuelo más lejano, humilde pero limpio, y comenzó a construir desde cero con la frente en alto. Le tomó tiempo y sudor, pero su honestidad y destreza pronto hicieron florecer su nueva presa.
Mientras tanto, en el arroyo principal, la verdad no tardó en salir a la luz. Los demás animales notaron rápidamente la escasez de madera, la falta de trabajo del padre y del tío, y la falsedad de sus acusaciones. La comunidad, asqueada por la bajeza de haber traicionado a un hijo y sobrino que siempre los había apoyado, les dio la espalda por completo.
Cuando llegó el invierno más duro, el padre y el tío se encontraron solos, sin provisiones, sin la ayuda de Tobías y repudiados por todo el bosque.
Moraleja:
Quien destruye la fuente que un día le dio de beber por el simple despecho de no poder abusar más de ella, se condena a morir de sed. Las mentiras pueden quitarte un trabajo o una reputación por un tiempo, pero la cobardía y la ingratitud destruyen para siempre a quien las comete.
© María Eugenia Rojas Alegría
Hebert López Gonzales - Roberto López González
miércoles, 19 de agosto de 2026
El Regalo Que No Tenía Precio. Cuento con moraleja 🙂
El regalo que no tenía precio
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Había una vez una mujer llamada Elena que pasó muchos años trabajando y luchando para construir una vida con esfuerzo.
Cuando llegó el momento, decidió compartir lo que había conseguido con alguien a quien quería profundamente.
No lo hizo por obligación.
Lo hizo por amor.
Entregó lo que tanto le había costado conseguir, con la ilusión de que aquella persona pudiera tener un camino más fácil y llegar más lejos.
Y así fue.
Con el tiempo, aquella persona prosperó y su vida cambió.
Pero Elena comenzó a notar algo que le dolía más de lo que quería reconocer: las llamadas eran cada vez menos, las conversaciones más distantes y las atenciones parecían dirigirse hacia otras personas.
Elena nunca reclamó lo que había dado.
Solo guardó silencio y pensó:
"Quizá algún día recuerde que hubo alguien que no le dio lo que le sobraba, sino aquello que había conseguido con toda una vida de esfuerzo."
Pasaron los años.
Un día, aquella persona comprendió algo que hasta entonces no había sabido ver.
Había recibido mucho más que cosas.
Había recibido confianza, sacrificio, oportunidades y, sobre todo, amor.
Y comprendió que mientras buscaba el valor de las personas en aquello que podían darle, había dejado de valorar a quien le había dado sin pedir nada.
Entonces sintió una tristeza profunda.
No porque hubiera perdido nada material, sino porque comprendió que hay regalos que, una vez recibidos, solo pueden agradecerse con algo que no cuesta dinero:
MEMORIA, CARIÑO y GRATITUD.
Y desde aquel día entendió que nunca se debe hacer de menos a quien te ayudó a llegar donde estás.
Porque algunas personas pueden darte mucho.
Pero hay otras que, simplemente por amor, te lo dieron todo.
© María Eugenia Rojas Alegría




