GRACIAS, DIVINO DIOS, POR MI VIDA
© María Eugenia Rojas Alegría
Gracias, Divino Dios, por regalarme la vida, por cada experiencia vivida, por las lecciones aprendidas y por la dicha inmensa de ser madre y abuela.
Gracias por el amor de mi familia; por el amor que recibí de mis padres, por el amor de mis hijos y por la ternura, el cariño y las sonrisas de mis nietos.
Gracias por mis seis nietos, esos seis pequeños grandes amores que forman parte de mi corazón.
Cuatro de ellos están en Bolivia. Las circunstancias de la vida y la distancia han hecho que prácticamente no haya podido conocerlos como hubiera deseado. Hay ausencias que no se eligen y distancias que el corazón no puede acortar.
Pero el amor de una abuela no necesita de kilómetros ni de años para existir.
Ellos tienen un lugar en mi corazón, aunque la vida no me haya permitido compartir con ellos todos esos momentos que alguna vez soñé.
Y tengo también a mis dos pequeños grandes compañeros de aventuras, Hersel Gabriel y José María, mis nietos españoles, que están a mi lado desde que eran bebés y con quienes he tenido el privilegio de compartir juegos, conversaciones, travesuras, aprendizajes y tantos momentos que hoy forman parte de mis recuerdos más queridos.
Ellos me han enseñado que ser abuela es volver a mirar el mundo con ojos de niño.
Gracias por cada sueño cumplido y también por aquellos sueños que todavía viven en mi corazón.
Hoy, mi pelo luce ya algunos hilos plateados, cuidadosamente cubiertos por un tinte, y en mi rostro se dibujan pequeñas arrugas: huellas de los años vividos, de las alegrías compartidas, de las lágrimas derramadas y de todos los caminos que he recorrido.
Cada una de ellas cuenta una historia.
Y, lejos de querer esconderlas, me recuerdan que he tenido el privilegio de vivir, aprender, amar y seguir adelante.
Hoy continúo recorriendo mi camino con el corazón agradecido, disfrutando cada instante y dando gracias por todo lo que la vida me ha regalado.
Gracias a mi princesa Andreita, que con su amor, su preocupación y su cariño consigue que cada día me sienta querida, acompañada y especial.
Gracias también a su compañero de vida, Jose, por su buen sentido del humor y por esas ocurrencias que siempre consiguen arrancarme una sonrisa y regalarme tantas carcajadas.
Y gracias, de una manera muy especial, a mi hijo José, que aunque hoy esté lejos, siempre está cerca de mi corazón.
La distancia no puede cambiar el amor que siento por él.
Me hace feliz saber que ha construido su propio camino y su propia familia, que es un buen profesional y, sobre todo, que es un buen hombre, con valores, corazón y sueños propios.
Como madre, no hay distancia que me impida sentirme orgullosa de él.
Y, aunque no pueda acompañarlo físicamente en cada paso, lo acompaño con mi amor, con mis pensamientos y con mis oraciones.
Gracias por el amor que me ha enseñado a crecer, a comprender y a tener paciencia.
Gracias por enseñarme que amar también significa saber dejar volar a quienes queremos, confiando en que encontrarán su propio camino.
Y gracias, Divino Dios, por haber puesto también a Manolo en mi camino. Llegó a mi vida hace cinco años, de una manera que quizá ninguno de los dos habría imaginado: durante aquellos días extraños y difíciles del confinamiento por el COVID. Lo que comenzó en aquellas circunstancias terminó convirtiéndose en una historia que hoy forma parte de mi vida. Gracias por él, por su compañía, por su cariño y por su manera de hacerme sonreír. Manolo es mi compañero, mi complemento y mi cómplice; tiene un maravilloso sentido del humor y muchas veces consigue que una situación cualquiera termine convirtiéndose en una buena risa. Pero, sobre todo, agradezco tener a mi lado a una persona atenta, que comparte conmigo lo bueno y lo menos bueno, que está presente y con quien puedo caminar formando un buen equipo. Compartimos la vida, los pequeños momentos, las preocupaciones, las alegrías, las risas, los proyectos y tantas cosas que, sin darnos cuenta, terminan convirtiéndose en recuerdos. Porque quizá eso sea también el amor cuando madura: encontrar a alguien con quien compartir no solamente los grandes acontecimientos, sino también las pequeñas cosas de cada día.
Gracias por todos esos momentos llenos de sentimientos, sueños, anhelos, risas y lágrimas, porque cada uno de ellos ha formado parte de la mujer que hoy soy.
Gracias por el tiempo.
Gracias por las personas que han sabido escuchar mis problemas, por quienes me han ayudado a encontrar soluciones y por quienes, simplemente con estar, han conseguido devolverme la ilusión y las ganas de sonreír.
Gracias también por permitirme conocer personas maravillosas que me brindan su amistad; personas en las que puedo confiar y con quienes puedo compartir una palabra, un consejo, una sonrisa o, sencillamente, un momento de compañía.
Y gracias por cada amor, cada amistad y cada encuentro que, de una manera u otra, ha dejado una huella en mi camino.
Hoy no pido grandes cosas.
Solo le pido a Dios salud, serenidad, amor y muchos momentos más para compartir con las personas que amo.
Porque cuando miro hacia atrás, no cuento los años por las arrugas de mi rostro.
Los cuento por las historias que llevo en el corazón, por las personas que amo, por las experiencias que me han hecho crecer y por todo lo que he aprendido.
Cada año vivido ha dejado algo en mí.
Algunas experiencias me hicieron reír.
Otras me hicieron llorar.
Algunas me enseñaron a confiar.
Otras me enseñaron a poner límites, a perdonar, a esperar y también a dejar ir.
Pero todas, absolutamente todas, forman parte de mi historia.
Y si algo he aprendido con el paso de los años es que la vida no siempre nos da aquello que imaginamos, pero casi siempre nos regala algo que merece la pena agradecer.
Por eso hoy solo puedo decir:
Gracias, Dios mío, por la vida.
Gracias por mi familia.
Gracias por mis hijos y mis seis nietos, estén cerca o estén lejos.
Gracias por Gabriel y José María, por sus risas, sus ocurrencias y por todos los recuerdos que estamos construyendo juntos.
Gracias también por esos cuatro nietos que están en Bolivia y que, aunque la vida no me haya permitido conocerlos como hubiera querido, forman parte de mí y siempre tendrán un lugar en mi corazón.
Gracias por Manolo, por su compañía, su cariño, sus risas y por caminar conmigo formando ese buen equipo que somos.
Gracias por los amigos que han caminado conmigo.
Gracias por el amor.
Gracias por las oportunidades.
Gracias por las lágrimas que me hicieron más fuerte y por las sonrisas que me devolvieron la esperanza.
Gracias por cada día.
Y gracias, sobre todo, por permitirme seguir escribiendo mi historia.
Porque mientras haya vida, siempre habrá una página nueva por escribir.
MORALEJA
La vida no se mide solamente por los años que cumplimos, sino por el amor que hemos dado, las huellas que hemos dejado y las personas que llevamos para siempre en el corazón.
Ser madre y abuela también significa aceptar las distancias que la vida impone, amar incluso desde lejos y disfrutar profundamente de quienes tenemos la dicha de tener cerca.
Y cuando llegamos a cierta etapa de la vida, quizá descubrimos que la verdadera riqueza no está en tener más, sino en poder mirar atrás y reconocer todo aquello que realmente ha dado sentido a nuestro camino: la familia, la amistad, el amor, la compañía, las risas, los aprendizajes y los momentos compartidos.
Porque al final, más que las cosas que acumulamos, lo que permanece son las personas que amamos y los recuerdos que construimos juntos.
Y entonces podemos mirar al cielo y decir:
Gracias por todo lo vivido.
Gracias por todo lo aprendido.
Y gracias, Dios mío, por haberme permitido llegar hasta aquí.
© María Eugenia Rojas Alegría

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