EL ENCARGO DE ARI
© María Eugenia Rojas Alegría
Había una vez un hogar donde el silencio nunca duraba demasiado, gracias a dos compañeros inolvidables: Ari, mi amada perrita, sabia y paciente, y Nico, un gato lleno de una energía inagotable.
Éramos un equipo maravilloso.
Nico, siempre travieso y juguetón, vivía buscando cuál sería su próxima aventura: saltaba entre los muebles, corría de un lado a otro o intentaba sorprender a Ari apareciendo de repente por alguna esquina.
Pero Ari, con la serenidad que le habían dado los años y un amor infinito, era quien ponía un poco de orden en aquella casa.
Le bastaba una mirada tranquila o un pequeño movimiento para detener las travesuras de Nico, como si le dijera:
—Ya está bien por hoy, pequeño.
Y Nico, lejos de enfadarse, parecía entender perfectamente la lección. Al poco rato terminaba acurrucándose junto a ella.
Se querían de una manera especial, de esas que no necesitan palabras. Entre ellos existía una complicidad que solo quienes han convivido con animales pueden comprender.
Pero Ari tenía conmigo un superpoder todavía más especial.
A mí, la verdad, nunca me ha gustado caminar simplemente por hacer ejercicio. Mis caminatas favoritas siempre han sido aquellas en las que hay tiendas, escaparates y algo interesante que mirar.
Sin embargo, Ari conseguía lo que nadie más podía.
No necesitaba ladrar ni insistir.
Solo tenía que mirarme fijamente con aquellos ojos llenos de ternura, mover suavemente su colita y acercarse a mí.
Era su manera de decirme:
—¿Vamos?
Y yo no podía resistirme.
Por ella y a su lado, aquellas largas caminatas dejaban de ser ejercicio para convertirse en momentos de paz. Caminábamos juntas y, sin darme cuenta, el camino se llenaba de pequeños instantes felices.
Los años fueron pasando.
Y un día, casi a sus dieciséis años llenando nuestra vida de amor, llegó el momento que ningún compañero humano quisiera vivir.
Ari tuvo que partir.
Se fue hacia ese lugar maravilloso que imaginamos como el cielo de los perritos, dejando detrás de ella una tristeza enorme y un vacío profundo en mi corazón.
La casa ya no era la misma.
Faltaban sus pasos, sus miradas, su presencia.
Y yo la echaba de menos.
Muchísimo.
Fue entonces cuando ocurrió algo que todavía hoy me conmueve.
Nico, aquel gato inquieto, juguetón y lleno de energía que tantas veces había hecho de la casa un pequeño caos, pareció comprender perfectamente mi dolor.
Como si hubiera visto mi tristeza y supiera que necesitaba algo diferente.
De repente, su comportamiento cambió.
Toda aquella energía que antes utilizaba para jugar y hacer travesuras se transformó en ternura.
Se volvió más dócil, más tranquilo y mucho más cariñoso.
Empezó a buscarme.
A permanecer a mi lado.
A acurrucarse conmigo.
Era como si alguien le hubiera explicado que ahora tenía una nueva misión.
Y a veces pienso que quizá fue Ari quien se la encargó antes de marcharse.
Quizá, en ese último momento que nosotros no pudimos ver, Ari le dijo:
—Ahora tienes que cuidar de ella.
Y Nico cumplió el encargo.
Desde entonces se convirtió en mi fiel compañero.
Siempre está cerca, pegadito a mí, como si quisiera asegurarse de que no vuelva a sentirme sola.
Cuando la nostalgia por Ari aparece y me aprieta el corazón, Nico está ahí.
No necesita hacer nada especial.
Su sola presencia parece decirme:
—Estoy aquí.
Y eso basta.
Hoy, cuando lo miro acurrucado junto a mí, no puedo hacer otra cosa que agradecer a Dios por haber puesto en mi camino a estos dos seres maravillosos.
Ari me regaló casi dieciséis años de amor, compañía, ternura y recuerdos que guardaré para siempre.
Y Nico continúa a mi lado, cumpliendo, quizá sin saberlo, aquel misterioso encargo.
El encargo de Ari.
Porque hay amores que, aunque cambien de forma, nunca se van.
A veces se marchan unos ojos que ya no podemos mirar, unas patitas que ya no podemos escuchar o un cuerpo que ya no podemos abrazar.
Pero el amor permanece.
Y, algunas veces, ese amor encuentra la manera de seguir cuidándonos a través de otro ser.
MORALEJA
El amor verdadero nunca desaparece. Cuando alguien que amamos se va, su recuerdo puede quedarse en nuestro corazón y, a veces, encontrar
nuevas formas de acompañarnos, consolarnos y recordarnos que nunca estamos solos.
© María Eugenia Rojas Alegría

No hay comentarios:
Publicar un comentario