miércoles, 28 de septiembre de 2011

ENTRE LA VIDA Y EL MISTERIO. Experiencias paranormales de María (1)

ENTRE LA VIDA Y EL MISTERIO
© María Eugenia Rojas Alegría 


María estaba recostada en la cama de una clínica, donde se recuperaba de una delicada intervención traumatológica.

Era una mañana luminosa y tranquila.

A través del cristal de la ventana contemplaba un cielo intensamente azul, completamente despejado. De vez en cuando, algunas palomas revoloteaban cerca de la ventana, rompiendo suavemente la quietud de aquella mañana.

Sobre la mesita tenía una pequeña radio encendida.

Escuchaba un programa de miscelánea acompañado de música, mientras permanecía tranquila, dejando que las horas transcurrieran lentamente.

A las once de la mañana escuchó las campanadas que anunciaban la hora.

Poco después, se quedó dormida.

Pero, de repente, sintió como si estuviera cayendo en el interior de un enorme remolino.

Sobresaltada, abrió los ojos.

Y entonces descubrió, con asombro y miedo, que estaba flotando.

Sintió que alguien la sostenía fuertemente por los brazos.

Detrás de la cabecera de la cama no podía ver quién era.

El temor se apoderó de ella.

Desesperada, dirigió la mirada hacia el crucifijo que estaba frente a su cama y, sin pensarlo, pronunció unas palabras que le salieron desde lo más profundo de su corazón:

—Señor, por favor, permite que me despida de mi familia, de mi mamá y de mis hijos. Nada más… y luego me llevas.

Instintivamente, y con gran dificultad, intentó alcanzar el timbre para llamar a la enfermera.

Quería pedirle que le acercara el teléfono para poder hablar con su familia.

Finalmente, consiguió tocar el timbre.

Y, en ese mismo instante, sintió que aquellos brazos que la sujetaban con fuerza la soltaron.

Entonces ocurrió algo todavía más desconcertante.

Sintió que regresaba a su cuerpo.

Era una sensación indescriptible, como si ella misma se deslizara suavemente dentro de una funda que la envolviera por completo.

Todo sucedió en un silencio absoluto.

Pero, en el preciso instante en que volvió a entrar en su cuerpo, escuchó nuevamente la música que en aquel momento estaba transmitiendo la radio.

La realidad regresó de golpe.

Las paredes.

La cama.

La habitación.

La radio.

Todo estaba nuevamente en su lugar.

Cuando entró la enfermera, encontró a María muy pálida y visiblemente impresionada.

—¿Qué le pasa? —le preguntó preocupada.

María le contó todo lo que acababa de experimentar.

La enfermera la escuchó atentamente.

No intentó burlarse de lo que María había vivido ni decirle que aquello no podía haber ocurrido.

Simplemente le tomó las manos.

Y juntas comenzaron a rezar.

Ninguna de las dos sabía exactamente qué había sucedido aquella mañana.

María tampoco podía encontrar una explicación.

¿Había sido un sueño?

¿Una experiencia relacionada con su estado físico?

¿Una alteración de la percepción?

¿O había vivido algo que se encontraba más allá de aquello que somos capaces de comprender?

No lo sabía.

Lo único que sabía con certeza era que aquella experiencia había sido completamente real para ella.

Y que jamás la olvidaría.

A veces la vida nos coloca frente a momentos que parecen abrir una pequeña ventana hacia un territorio desconocido.

Momentos en los que nuestras certezas dejan de ser suficientes y aparecen preguntas para las que no tenemos respuestas.

Quizá nunca sepamos exactamente dónde termina lo que podemos explicar y dónde comienza el misterio.

Pero quizá tampoco sea necesario tener todas las respuestas.

Hay experiencias que, más que darnos explicaciones, nos hacen detenernos.

Nos recuerdan lo frágiles que somos.

Nos hacen valorar a quienes amamos.

Y nos enseñan que la vida, por mucho que intentemos comprenderla, siempre conservará una parte de misterio.

María salió adelante.

Pero aquella mañana quedó para siempre en su memoria.

Y cada vez que la recuerda, vuelve a pensar en aquellas palabras que pronunció frente al crucifijo:

—Señor, por favor, permite que me despida de mi familia…

Quizá fue solamente un sueño.

Quizá fue una experiencia relacionada con su delicado estado de salud.

Quizá fue algo que nunca podremos explicar.

O quizá…

simplemente estuvo, por unos instantes, entre la vida y el misterio.

Continuará…

🌙 MORALEJA

A veces, la vida nos coloca frente a experiencias que escapan a nuestra comprensión.

No siempre podemos explicar aquello que sentimos o vivimos, pero sí podemos reconocer lo que esas experiencias despiertan en nosotros.

Quizá no tengamos respuestas para todos los misterios de la vida.

Pero podemos aprender a valorar más cada instante, a expresar nuestro amor mientras tenemos la oportunidad y a agradecer el regalo de estar aquí.

Porque algunas experiencias no vienen para que encontremos una explicación.

Quizá vienen simplemente para recordarnos lo valiosa que es la vida y lo importante que es amar mientras estamos en ella.

© María Eugenia Rojas Alegría






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