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miércoles, 19 de octubre de 2011

EL DIBUJO DEL CORAZÓN DE JESÚS. Experiencias paranormales de María (3)

EL DIBUJO DEL CORAZÓN DE JESÚS
© María Eugenia Rojas Alegría 


María tuvo que someterse nuevamente a otra operación. Como siempre, se mostró animada y, al ingresar en la clínica, lo hizo tranquila y confiada, convencida de que todo saldría bien.

Y así fue.

La cirugía resultó un éxito.

Después de la intervención no podía movilizarse demasiado, ya que sus operaciones eran de traumatología, pero procuraba pasar el tiempo lo mejor posible. Recibía con alegría a sus familiares y amigos, que acudían a visitarla, y conversaba con las enfermeras que la atendían.

Sabía que tendría que permanecer un buen tiempo internada, pero intentaba vivir aquellos días con serenidad, paciencia y buen ánimo.

En aquella ocasión, su experiencia en la clínica fue maravillosa; al menos, así la sintió ella.

Una noche, mientras dormía profundamente, María sintió algo que la despertó de repente.

Abrió los ojos.

Y entonces lo vio.

Ante ella apareció claramente la imagen de Jesús.

Fueron unos instantes eternos, maravillosos, casi mágicos.

La imagen permanecía allí, mirándola con infinita ternura. Jesús tenía una mano apoyada sobre el corazón y la otra levantada, como si estuviera bendiciéndola.

María sintió una inmensa sensación de paz.

Abrió cada vez más los ojos, intentando contemplar aquella hermosa visión y deseando que no desapareciera.

Pero, poco a poco, la imagen comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo.

Al mismo tiempo, María fue cerrando lentamente los ojos y volvió a quedarse dormida.

A la mañana siguiente, mientras hacía sus oraciones, recordó lo sucedido durante la noche.

La visión permanecía claramente en su memoria.

Pero entonces recordó también algo que le pareció muy extraño.

Mientras contemplaba a Jesús, había tenido la sensación de que estaba dibujando su imagen.

Pensó:

—¿Cómo pude dibujarlo? Estoy en una cama de hospital. ¿Dónde iba a hacerlo?

Terminó sus oraciones y, agradecida, dio gracias a Dios por aquel precioso regalo que había recibido: aquella maravillosa visión de Jesús.

Poco después entraron dos enfermeras para asearla y arreglar la habitación. La ayudaron cuidadosamente a sentarse en una silla y, como María era muy coqueta, pidió que le acercaran su espejo y su estuche de pinturas para poder arreglarse y sentirse guapa.

Una de las enfermeras sacó las cosas del cajón de la mesita de noche.

Al tomar el espejo, se quedó mirándolo detenidamente.

De pronto, sorprendida, preguntó:

—María, ¿qué bonito dibujo has hecho en el espejo? ¡Es Jesús!

María se quedó estupefacta.

—¿Cómo? ¿Qué me dices?

—Sí, mira. Lo has dibujado con tu lápiz delineador.

María tomó el espejo entre sus manos y lo observó atentamente.

Entonces recordó inmediatamente lo que había pensado aquella mañana mientras rezaba.

La imagen estaba allí.

Efectivamente, sobre el espejo aparecía dibujada, con delicadas líneas, una figura que representaba al Corazón de Jesús.

María permaneció unos segundos sin saber qué decir.

No podía comprender cómo aquel dibujo había llegado hasta allí.

Contó a las enfermeras todo lo que había sucedido durante la noche y les explicó que, mientras contemplaba aquella imagen, había sentido como si estuviera dibujándola.

Ninguna de ellas encontraba una explicación.

Pero tampoco María necesitaba encontrarla en aquel momento.

Para ella, aquello había sido un regalo.

Desde entonces guardó aquel espejo como un recuerdo muy especial. Conservó la imagen durante mucho tiempo, hasta que, poco a poco, con el paso de los días y el uso del espejo, aquel hermoso dibujo terminó borrándose.

El espejo volvió a quedar limpio.

Pero la imagen que había quedado grabada en el corazón de María nunca desapareció.

Quizá, después de todo, aquel dibujo no estaba destinado a permanecer para siempre sobre un espejo.

Quizá estaba destinado a permanecer en un lugar mucho más importante:

en su memoria, en su fe y en su corazón.

Y allí, donde no pueden borrarlo ni el tiempo ni los años, María continúa guardando aquel encuentro que, para ella, fue uno de los regalos más hermosos que recibió durante su estancia en la clínica.

MORALEJA

Hay experiencias que quizá nunca podamos explicar por completo y que, sin embargo, pueden dejar una huella profunda en nuestra vida.

A veces, la fe nos regala momentos de paz, consuelo y esperanza que permanecen en nuestro corazón mucho después de que aquello que vimos haya desaparecido ante nuestros ojos.

Porque algunas imágenes pueden borrarse de un espejo con el paso del tiempo, pero hay recuerdos que, cuando nacen desde la fe y el amor, permanecen para siempre dentro de nosotros.

© María Eugenia Rojas Alegría






domingo, 2 de octubre de 2011

LA VISITA DEL DOCTOR. Experiencias paranormales de María (2)

LA VISITA DEL DOCTOR
© María Eugenia Rojas Alegría


María había ingresado nuevamente en la clínica. Esta vez debían realizarle otra intervención quirúrgica y, como suele ocurrir antes de una operación, aquella noche se encontraba algo inquieta.

La noche anterior a la intervención, mientras permanecía en su habitación, comenzó a escuchar bastante ruido en el piso de arriba. Pensó que quizá se trataba de algún ingreso de emergencia y no le dio mayor importancia.

Pasaron las horas y, ya casi de madrugada, María se encontraba medio dormida cuando sintió que alguien entraba en su habitación.

Estaba recostada mirando hacia la ventana, dando la espalda a la puerta. Pensó que sería la enfermera haciendo su recorrido nocturno de control, así que cerró los ojos y permaneció quieta.

Al poco rato sintió que alguien se sentaba suavemente sobre su cama.

Entonces percibió una caricia cálida y delicada.

Lejos de sentir miedo, María experimentó una profunda sensación de paz y tranquilidad, como si aquella presencia hubiera llegado precisamente para acompañarla y darle consuelo.

Se volvió lentamente, pensando que encontraría a la enfermera junto a su cama.

Pero no había nadie.

La misteriosa presencia había desaparecido.

La puerta continuaba cerrada y la habitación estaba completamente vacía.

María no sintió miedo. Se persignó, rezó una oración y, todavía con aquella extraña sensación de serenidad, volvió a dormirse profundamente.

A la mañana siguiente entraron dos enfermeras para prepararla para la operación. María les contó lo que había sucedido durante la madrugada.

Las dos mujeres se miraron sorprendidas.

—El doctor ha venido —dijo una de ellas.

María las observó intrigada.

—¿A qué se refieren?

Entonces, la jefa de enfermeras le explicó:

—En la planta de arriba no hay nadie. Todos los pacientes están en esta planta y, precisamente anoche, todo estuvo muy tranquilo. Es extraño que hayas escuchado tanto ruido.

Después hizo una pausa y continuó:

—Respecto a lo que sentiste en tu cama… existe una leyenda en esta clínica.

María escuchó atentamente.

Según contaban, el propietario del lugar había sido un eminente traumatólogo. Durante una época muy difícil, la clínica comenzó a atravesar graves problemas económicos. La situación llegó a ser tan complicada que el edificio terminó embargado.

Desesperado por no poder hacer frente a las deudas y a los gastos, el doctor terminó quitándose la vida.

Desde entonces, según la leyenda, su presencia permanece en la clínica y, algunas veces, visita a los pacientes poco antes de que entren al quirófano.

—Dicen que cuando el doctor viene a visitar a alguien —continuó la enfermera— esa persona debe estar tranquila. Es una señal de que todo saldrá bien. Si él estuvo aquí, debes confiar.

María permaneció en silencio durante unos instantes.

No sabía qué pensar.

¿Había sido un sueño?

¿Una percepción provocada por el cansancio y los nervios de la operación?

¿O realmente había sentido la presencia de alguien?

Fuera lo que fuese, había algo que sí podía reconocer: aquella experiencia le había dejado una profunda sensación de paz.

Las enfermeras, conmovidas por la historia, se acercaron a María y, antes de llevarla al quirófano, las tres rezaron juntas con gran fe.

Poco después, María entró en la sala de operaciones.

La intervención fue un éxito.

María salió del quirófano bastante bien y, para su sorpresa, algunos trabajadores de la clínica se acercaron a felicitarla. Incluso le entregaron algunos regalos, celebrando aquella misteriosa visita que, según la leyenda, había anunciado que todo saldría bien.

Desde entonces, cuentan que cuando el doctor aparece para visitar a un paciente, algo bueno sucede.

Para quienes creen en la leyenda, su misteriosa presencia no anuncia desgracias, sino esperanza, protección y buenos augurios.

Quizá nadie pueda explicar quién acarició aquella noche a María.

Quizá nunca sepamos si fue un sueño, una experiencia nacida de su estado de ánimo o algo que escapa a nuestra comprensión.

Pero hay encuentros que no necesitan una explicación para dejarnos una huella.

Y algunas veces, cuando más necesitamos sentirnos acompañados, basta una pequeña señal para recuperar la calma y volver a confiar.

🌙 MORALEJA

A veces, en los momentos de mayor incertidumbre, la vida encuentra formas misteriosas de regalarnos consuelo y esperanza.

No todo lo que no podemos explicar debe causarnos miedo. Algunas experiencias, sean como sean, pueden convertirse en una luz que nos ayude a recuperar la fe, la tranquilidad y la confianza.

Porque, en ocasiones, no necesitamos comprender completamente lo que ocurrió para agradecer la paz que dejó en nuestro corazón.

© María Eugenia Rojas Alegría





miércoles, 28 de septiembre de 2011

ENTRE LA VIDA Y EL MISTERIO. Experiencias paranormales de María (1)

ENTRE LA VIDA Y EL MISTERIO
© María Eugenia Rojas Alegría 


María estaba recostada en la cama de una clínica, donde se recuperaba de una delicada intervención traumatológica.

Era una mañana luminosa y tranquila.

A través del cristal de la ventana contemplaba un cielo intensamente azul, completamente despejado. De vez en cuando, algunas palomas revoloteaban cerca de la ventana, rompiendo suavemente la quietud de aquella mañana.

Sobre la mesita tenía una pequeña radio encendida.

Escuchaba un programa de miscelánea acompañado de música, mientras permanecía tranquila, dejando que las horas transcurrieran lentamente.

A las once de la mañana escuchó las campanadas que anunciaban la hora.

Poco después, se quedó dormida.

Pero, de repente, sintió como si estuviera cayendo en el interior de un enorme remolino.

Sobresaltada, abrió los ojos.

Y entonces descubrió, con asombro y miedo, que estaba flotando.

Sintió que alguien la sostenía fuertemente por los brazos.

Detrás de la cabecera de la cama no podía ver quién era.

El temor se apoderó de ella.

Desesperada, dirigió la mirada hacia el crucifijo que estaba frente a su cama y, sin pensarlo, pronunció unas palabras que le salieron desde lo más profundo de su corazón:

—Señor, por favor, permite que me despida de mi familia, de mi mamá y de mis hijos. Nada más… y luego me llevas.

Instintivamente, y con gran dificultad, intentó alcanzar el timbre para llamar a la enfermera.

Quería pedirle que le acercara el teléfono para poder hablar con su familia.

Finalmente, consiguió tocar el timbre.

Y, en ese mismo instante, sintió que aquellos brazos que la sujetaban con fuerza la soltaron.

Entonces ocurrió algo todavía más desconcertante.

Sintió que regresaba a su cuerpo.

Era una sensación indescriptible, como si ella misma se deslizara suavemente dentro de una funda que la envolviera por completo.

Todo sucedió en un silencio absoluto.

Pero, en el preciso instante en que volvió a entrar en su cuerpo, escuchó nuevamente la música que en aquel momento estaba transmitiendo la radio.

La realidad regresó de golpe.

Las paredes.

La cama.

La habitación.

La radio.

Todo estaba nuevamente en su lugar.

Cuando entró la enfermera, encontró a María muy pálida y visiblemente impresionada.

—¿Qué le pasa? —le preguntó preocupada.

María le contó todo lo que acababa de experimentar.

La enfermera la escuchó atentamente.

No intentó burlarse de lo que María había vivido ni decirle que aquello no podía haber ocurrido.

Simplemente le tomó las manos.

Y juntas comenzaron a rezar.

Ninguna de las dos sabía exactamente qué había sucedido aquella mañana.

María tampoco podía encontrar una explicación.

¿Había sido un sueño?

¿Una experiencia relacionada con su estado físico?

¿Una alteración de la percepción?

¿O había vivido algo que se encontraba más allá de aquello que somos capaces de comprender?

No lo sabía.

Lo único que sabía con certeza era que aquella experiencia había sido completamente real para ella.

Y que jamás la olvidaría.

A veces la vida nos coloca frente a momentos que parecen abrir una pequeña ventana hacia un territorio desconocido.

Momentos en los que nuestras certezas dejan de ser suficientes y aparecen preguntas para las que no tenemos respuestas.

Quizá nunca sepamos exactamente dónde termina lo que podemos explicar y dónde comienza el misterio.

Pero quizá tampoco sea necesario tener todas las respuestas.

Hay experiencias que, más que darnos explicaciones, nos hacen detenernos.

Nos recuerdan lo frágiles que somos.

Nos hacen valorar a quienes amamos.

Y nos enseñan que la vida, por mucho que intentemos comprenderla, siempre conservará una parte de misterio.

María salió adelante.

Pero aquella mañana quedó para siempre en su memoria.

Y cada vez que la recuerda, vuelve a pensar en aquellas palabras que pronunció frente al crucifijo:

—Señor, por favor, permite que me despida de mi familia…

Quizá fue solamente un sueño.

Quizá fue una experiencia relacionada con su delicado estado de salud.

Quizá fue algo que nunca podremos explicar.

O quizá…

simplemente estuvo, por unos instantes, entre la vida y el misterio.

Continuará…

🌙 MORALEJA

A veces, la vida nos coloca frente a experiencias que escapan a nuestra comprensión.

No siempre podemos explicar aquello que sentimos o vivimos, pero sí podemos reconocer lo que esas experiencias despiertan en nosotros.

Quizá no tengamos respuestas para todos los misterios de la vida.

Pero podemos aprender a valorar más cada instante, a expresar nuestro amor mientras tenemos la oportunidad y a agradecer el regalo de estar aquí.

Porque algunas experiencias no vienen para que encontremos una explicación.

Quizá vienen simplemente para recordarnos lo valiosa que es la vida y lo importante que es amar mientras estamos en ella.

© María Eugenia Rojas Alegría






domingo, 25 de septiembre de 2011

EL VISITANTE DE LA MADRUGADA. Experiencias paranormales de María

EL VISITANTE DE LA MADRUGADA
© María Eugenia Rojas Alegría 


María estaba muy delicada de salud.

Habían pasado varios días y, a pesar de los numerosos estudios y análisis realizados, los médicos no conseguían encontrar el diagnóstico de su enfermedad.

No hallaban nada que explicara su estado ni el motivo por el cual María no lograba mejorar.

La preocupación y la desesperación de sus familiares fueron creciendo con el paso de los días.

Finalmente, una noche decidieron reunirse para orar por ella.

Prepararon un pequeño altar en una de las habitaciones. Colocaron una imagen del Señor, otra de la Virgen, algunas flores y varias velas.

Querían pasar la noche en oración, pidiendo con toda su fe que María recuperara la salud.

Llegó la medianoche y comenzaron a rezar.

Pasaron las horas entre oraciones, plegarias y momentos de silencio.

Poco a poco, el cansancio fue apoderándose de todos.

Ya casi amanecía cuando, como si algo misterioso hubiera sucedido, todos quedaron profundamente dormidos al mismo tiempo.

Todos, menos María.

A pesar de su debilidad, permanecía despierta en su lecho.

Fue entonces cuando comenzó a percibir un delicado y maravilloso aroma a rosas.

El perfume llenó la habitación de una manera tan intensa que María quedó profundamente sorprendida.

Pero aquello no fue lo único extraño.

De pronto, sintió que la habitación comenzaba a girar lentamente.

Era como si todo a su alrededor hubiera cambiado de posición, como si el mundo entero se hubiera puesto al revés.

María apenas podía moverse.

En medio de aquella sensación inexplicable, dirigió la mirada hacia la puerta.

Entonces lo vio.

Por la puerta se asomó un hombre hermoso, alto y rubio, vestido con un traje de un delicado color celeste.

Su presencia transmitía una profunda serenidad.

El hombre la miró.

Y le sonrió.

María sintió una emoción indescriptible.

Quiso hablar.

Quiso gritar para despertar a sus familiares y pedirles que miraran a aquel maravilloso visitante.

Pero apenas consiguió emitir un leve quejido…

Y, en ese mismo instante, todo volvió a la normalidad.

La habitación dejó de girar.

Todo volvió a quedar exactamente como antes.

Al mismo tiempo, sus familiares despertaron.

Todos se miraron sorprendidos.

Les parecía increíble que hubieran quedado dormidos exactamente al mismo tiempo y que, casi simultáneamente, hubieran despertado.

María, con lágrimas de emoción brotando de sus ojos, les contó lo que acababa de suceder.

Les habló del perfume de rosas.

De aquella extraña sensación.

Y, sobre todo, del hermoso hombre que había aparecido en la puerta y le había sonreído.

Nadie pudo encontrar una explicación lógica para lo ocurrido.

Pero algo comenzó a cambiar después de aquella noche.

Poco a poco, María empezó a recuperar sus fuerzas.

Su salud mejoró de manera sorprendente y, con el paso de los días, comenzó a encontrarse mucho mejor.

¿Qué había ocurrido realmente aquella madrugada?

¿Había sido un sueño?

¿Una percepción provocada por su delicado estado de salud?

¿Una experiencia que su mente había creado en medio de la enfermedad?

¿O quizá había recibido la visita de alguien procedente de un lugar que nuestros ojos no siempre pueden ver?

María nunca encontró una respuesta definitiva.

Y quizá tampoco necesitó encontrarla.

Porque hay experiencias que no necesitan ser demostradas para dejar una huella.

Aquella madrugada, María sintió algo que nunca olvidaría.

Sintió paz.

Sintió compañía.

Y, sobre todo, recuperó una esperanza que parecía estar desapareciendo.

Quizá fue un sueño.

Quizá fue una experiencia inexplicable.

Quizá fue un ángel.

Quizá fue simplemente la manera en que su propia esperanza encontró una forma de manifestarse.

Nadie lo sabe.

Pero desde aquella noche, cada vez que María recuerda al visitante de la madrugada, vuelve a sentir la misma emoción.

Y siempre se pregunta:

¿Quién era aquel hombre que apareció en la puerta y por qué decidió sonreírle precisamente a ella?

Tal vez algún día encuentre la respuesta.

O tal vez…

algunas preguntas estén destinadas a permanecer para siempre en el misterio.

Continuará…

🌙 MORALEJA

A veces, cuando la ciencia todavía no encuentra respuestas y la esperanza parece apagarse, la fe puede convertirse en la luz que nos sostiene.

Hay experiencias que quizá nunca podamos explicar completamente con palabras.

No necesitamos tener una respuesta para todo aquello que vivimos.

A veces basta con reconocer lo que una experiencia despertó en nuestro interior: esperanza, serenidad, fortaleza o ganas de seguir adelante.

Podemos interpretar aquello que nos sucede de diferentes maneras.

Pero, cuando una experiencia nos ayuda a recuperar la esperanza, quizá también nos esté recordando algo importante:

mientras exista un motivo para seguir creyendo, nunca debemos dejar de esperar.

© María Eugenia Rojas Alegría