EL DIBUJO DEL CORAZÓN DE JESÚS
© María Eugenia Rojas Alegría
María tuvo que someterse nuevamente a otra operación. Como siempre, se mostró animada y, al ingresar en la clínica, lo hizo tranquila y confiada, convencida de que todo saldría bien.
Y así fue.
La cirugía resultó un éxito.
Después de la intervención no podía movilizarse demasiado, ya que sus operaciones eran de traumatología, pero procuraba pasar el tiempo lo mejor posible. Recibía con alegría a sus familiares y amigos, que acudían a visitarla, y conversaba con las enfermeras que la atendían.
Sabía que tendría que permanecer un buen tiempo internada, pero intentaba vivir aquellos días con serenidad, paciencia y buen ánimo.
En aquella ocasión, su experiencia en la clínica fue maravillosa; al menos, así la sintió ella.
Una noche, mientras dormía profundamente, María sintió algo que la despertó de repente.
Abrió los ojos.
Y entonces lo vio.
Ante ella apareció claramente la imagen de Jesús.
Fueron unos instantes eternos, maravillosos, casi mágicos.
La imagen permanecía allí, mirándola con infinita ternura. Jesús tenía una mano apoyada sobre el corazón y la otra levantada, como si estuviera bendiciéndola.
María sintió una inmensa sensación de paz.
Abrió cada vez más los ojos, intentando contemplar aquella hermosa visión y deseando que no desapareciera.
Pero, poco a poco, la imagen comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo.
Al mismo tiempo, María fue cerrando lentamente los ojos y volvió a quedarse dormida.
A la mañana siguiente, mientras hacía sus oraciones, recordó lo sucedido durante la noche.
La visión permanecía claramente en su memoria.
Pero entonces recordó también algo que le pareció muy extraño.
Mientras contemplaba a Jesús, había tenido la sensación de que estaba dibujando su imagen.
Pensó:
—¿Cómo pude dibujarlo? Estoy en una cama de hospital. ¿Dónde iba a hacerlo?
Terminó sus oraciones y, agradecida, dio gracias a Dios por aquel precioso regalo que había recibido: aquella maravillosa visión de Jesús.
Poco después entraron dos enfermeras para asearla y arreglar la habitación. La ayudaron cuidadosamente a sentarse en una silla y, como María era muy coqueta, pidió que le acercaran su espejo y su estuche de pinturas para poder arreglarse y sentirse guapa.
Una de las enfermeras sacó las cosas del cajón de la mesita de noche.
Al tomar el espejo, se quedó mirándolo detenidamente.
De pronto, sorprendida, preguntó:
—María, ¿qué bonito dibujo has hecho en el espejo? ¡Es Jesús!
María se quedó estupefacta.
—¿Cómo? ¿Qué me dices?
—Sí, mira. Lo has dibujado con tu lápiz delineador.
María tomó el espejo entre sus manos y lo observó atentamente.
Entonces recordó inmediatamente lo que había pensado aquella mañana mientras rezaba.
La imagen estaba allí.
Efectivamente, sobre el espejo aparecía dibujada, con delicadas líneas, una figura que representaba al Corazón de Jesús.
María permaneció unos segundos sin saber qué decir.
No podía comprender cómo aquel dibujo había llegado hasta allí.
Contó a las enfermeras todo lo que había sucedido durante la noche y les explicó que, mientras contemplaba aquella imagen, había sentido como si estuviera dibujándola.
Ninguna de ellas encontraba una explicación.
Pero tampoco María necesitaba encontrarla en aquel momento.
Para ella, aquello había sido un regalo.
Desde entonces guardó aquel espejo como un recuerdo muy especial. Conservó la imagen durante mucho tiempo, hasta que, poco a poco, con el paso de los días y el uso del espejo, aquel hermoso dibujo terminó borrándose.
El espejo volvió a quedar limpio.
Pero la imagen que había quedado grabada en el corazón de María nunca desapareció.
Quizá, después de todo, aquel dibujo no estaba destinado a permanecer para siempre sobre un espejo.
Quizá estaba destinado a permanecer en un lugar mucho más importante:
en su memoria, en su fe y en su corazón.
Y allí, donde no pueden borrarlo ni el tiempo ni los años, María continúa guardando aquel encuentro que, para ella, fue uno de los regalos más hermosos que recibió durante su estancia en la clínica.
MORALEJA
Hay experiencias que quizá nunca podamos explicar por completo y que, sin embargo, pueden dejar una huella profunda en nuestra vida.
A veces, la fe nos regala momentos de paz, consuelo y esperanza que permanecen en nuestro corazón mucho después de que aquello que vimos haya desaparecido ante nuestros ojos.
Porque algunas imágenes pueden borrarse de un espejo con el paso del tiempo, pero hay recuerdos que, cuando nacen desde la fe y el amor, permanecen para siempre dentro de nosotros.
© María Eugenia Rojas Alegría



