El peso de un “NO”
María Eugenia Rojas Alegría
Había una vez, en un prado soleado, un joven castor llamado Tobías. Tobías era un trabajador incansable. Día tras día cortaba madera y construía la presa más sólida del arroyo para asegurar que a su pareja y a sus dos pequeños castorcitos nunca les faltara refugio ni alimento.
Durante mucho tiempo, Tobías no solo mantenía su hogar, sino que también compartía sus provisiones con su padre y con su tío. Sin embargo, el esfuerzo era monumental y las fuerzas no infinitas. Un día, viendo que sus propios pequeños crecían y necesitaban más sustento, Tobías habló con ellos con respeto y madurez:
—Padre, tío, les he ayudado con todo lo que he podido, pero hoy mis propios hijos necesitan que centre mis fuerzas en mi hogar. Ya no puedo seguir trayéndoles madera ni comida todos los días.
El padre y el tío, acostumbrados a la comodidad sin esfuerzo, no sintieron gratitud por los años de ayuda, sino una rabia ciega por el límite marcado. Incapaces de aceptar un "no", tramaron una venganza.
Aprovechando la noche, el padre y el tío corrieron al gran árbol donde el castor mayor del arroyo coordinaba a los trabajadores. Esparcieron mentiras ponzoñosas: dijeron que Tobías robaba madera del arroyo, que era un traidor y que pensaba destruir la gran presa del pueblo. Para dar fuerza a su mentira, mostraron marcas en los árboles que Tobías había cortado para ellos tiempo atrás, distorsionando la historia a su conveniencia.
El castor mayor, creyendo los rumores, expulsó a Tobías de la comunidad de constructores y le prohibió trabajar en el arroyo principal.
Sin trabajo y con la reputación manchada por su propia sangre, Tobías sintió un dolor profundo en el pecho. Pero en lugar de dejarse vencer, miró a sus pequeños y decidió empezar de nuevo. Buscó un riachuelo más lejano, humilde pero limpio, y comenzó a construir desde cero con la frente en alto. Le tomó tiempo y sudor, pero su honestidad y destreza pronto hicieron florecer su nueva presa.
Mientras tanto, en el arroyo principal, la verdad no tardó en salir a la luz. Los demás animales notaron rápidamente la escasez de madera, la falta de trabajo del padre y del tío, y la falsedad de sus acusaciones. La comunidad, asqueada por la bajeza de haber traicionado a un hijo y sobrino que siempre los había apoyado, les dio la espalda por completo.
Cuando llegó el invierno más duro, el padre y el tío se encontraron solos, sin provisiones, sin la ayuda de Tobías y repudiados por todo el bosque.
Moraleja:
Quien destruye la fuente que un día le dio de beber por el simple despecho de no poder abusar más de ella, se condena a morir de sed. Las mentiras pueden quitarte un trabajo o una reputación por un tiempo, pero la cobardía y la ingratitud destruyen para siempre a quien las comete.
© María Eugenia Rojas Alegría
Hebert López Gonzales - Roberto López González

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