UNA ABUELA EN PAUSA
© María Eugenia Rojas Alegría
José María Ardaya López
—¡Mamá, tengo muchos dolores! —me dijo mi hija.
Hospital. Sala de partos.
La matrona se acercó y me anunció:
—Su hija quiere que esté a su lado en este momento tan especial.
Sin pensarlo, le tomé la mano.
Ella me la apretó con fuerza mientras, entre contracciones, esfuerzo y emoción, llegaba al mundo mi cuarto nieto.
Y así comenzó una de esas historias de amor que no necesitan palabras: se escriben con abrazos, juegos, risas y complicidad.
Durante seis años, mi nieto y yo fuimos inseparables.
Éramos compañeros de aventuras.
Compartíamos tardes de juegos, pequeñas travesuras, secretos y conversaciones que quizá para otros no significaban nada, pero que para mí eran verdaderos tesoros.
Entre tantas aventuras, también hubo una muy especial: yo le enseñé a leer.
Y allí descubrí que mi pequeño alumno tenía una particular dificultad con dos letras que, para él, parecían empeñadas en jugar al escondite.
La «K» y la «Q».
Yo le repetía una y otra vez:
—K de kiosco… Q de queso.
Él me miraba muy serio, como si estuviera intentando resolver el misterio más complicado del mundo.
Y, cuando volvía a confundirlas, yo insistía:
—¡K de kiosco! ¡Q de queso!
Aquello se convirtió casi en nuestro lema.
Tanto lo repetimos que, cuando todavía no terminaba de entrarle en la cabeza, yo le hacía alguna pequeña broma tirándole suavemente de sus patillitas mientras le decía:
—¡A ver, señorito! ¿K de qué?
Y él, después de pensarlo muy concentrado, respondía:
—¡De kiosco!
—¿Y Q?
—¡De queso!
—¡Muy bien!
Hasta que un buen día...
¡Lo consiguió!
La K dejó de disfrazarse de Q y la Q dejó de hacerse pasar por K.
Habíamos ganado aquella pequeña batalla.
Y la recompensa llegó poco después.
Su profesora me mandó felicitar porque mi nieto había sido el primero de su curso en aprender a leer correctamente.
¡Qué orgullo sentí!
Yo, que solo quería enseñarle unas cuantas letras, terminé recibiendo un premio que no esperaba: la alegría de saber que aquel pequeño esfuerzo compartido había dado sus frutos.
Todavía recuerdo aquel momento con una sonrisa.
Porque enseñar a leer a un niño no consiste solamente en enseñarle letras.
También es acompañarlo a descubrir un mundo entero de historias.
Y nosotros, sin saberlo, ya estábamos escribiendo la nuestra.
Yo sabía que aquel tiempo no duraría para siempre, pero no imaginaba que un día llegaría alguien dispuesto a robármelo.
Y, de pronto, algo cambió...
Mi nieto ya no corría hacia mis brazos.
Ya no me buscaba para jugar ni esperaba con ilusión nuestras tardes juntos.
—¿Qué pasó? —me preguntaba, mientras sentía una pequeña tristeza en el corazón.
Hasta que descubrí al culpable.
¡Me lo robaron las consolas!
Ahora mi pequeño compañero de aventuras vive entre niveles, partidas, misiones y mundos virtuales.
Compite por ganar, conquistar y avanzar, mientras yo, desde la distancia, espero pacientemente mi turno para recuperar, aunque sea un poquito, aquel tiempo que antes era solamente nuestro.
A veces me acerco y le pregunto:
—¿Jugamos un ratito?
Y recibo como respuesta:
—Espera, Mau, que estoy terminando la partida.
Entonces sonrío.
Porque sé que, detrás de aquella pantalla, sigue estando el mismo niño que un día corría hacia mis brazos y que aprendió a distinguir la K de la Q después de muchas tardes junto a su abuela.
No puedo competir con una consola.
Pero sí puedo esperar.
Porque sé que, algún día, quizá deje el mando sobre la mesa, levante la mirada y vuelva a buscarme.
Y cuando lo haga, yo seguiré allí.
Con los brazos abiertos.
Porque una abuela puede esperar su turno...
pero el amor nunca se pone en pausa.
MORALEJA
La infancia pasa demasiado rápido.
La tecnología puede entretener, enseñar y divertir, pero ningún videojuego debería ocupar el lugar de un abrazo, una conversación o una tarde compartida con quienes nos aman.
Las consolas pueden esperar; la infancia no.
Los videojuegos guardan partidas, pero los abuelos guardan recuerdos.
Y los recuerdos compartidos son tesoros que ningún mundo virtual puede reemplazar.
© María Eugenia Rojas Alegría

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