EL SACO DE LA NAVIDAD
© María Eugenia Rojas Alegría
En un pequeño pueblo castellano vivía un niño alegre y feliz.
Cuando llegaba diciembre, sus ojos brillaban más que los luceros, porque sabía que la Navidad estaba cerca.
Su abuela, una mujer sabia y cariñosa, le había enseñado que todas las personas llevamos un saco dentro de nosotros y que, cuando llega la Navidad, podemos llenarlo con aquello que más falta nos haga.
Un día, el niño comenzó a pensar qué pediría para llenar su saco.
Después de darle muchas vueltas, miró a su abuela y le preguntó:
—Abuela, ¿crees que mi saco podrá resistir todo lo que quiero pedir sin romperse?
La abuela sonrió y le respondió:
—Claro que sí, cariño. Pero recuerda una cosa: lo que se pide siempre debe ser bueno y bonito. Así, tu saco nunca se romperá.
El niño quedó pensativo durante unos minutos.
Miró al cielo por la ventana, como si allí arriba pudiera encontrar la respuesta.
De pronto, sus ojos se iluminaron y exclamó:
—¡Abuela, ya lo tengo! Pediré salud, felicidad, abundancia y paz para mi familia y para todos mis amigos.
La abuela lo miró sorprendida.
—Pero, cariño... ¡eso es muchísimo! ¿No crees que tu saco pesará demasiado?
El niño sonrió y respondió:
—No, abuela. Es muy grande, pero no pesa nada.
La abuela lo abrazó emocionada.
Entonces comprendió que aquel pequeño había descubierto algo que muchas personas tardan toda una vida en entender.
Con una dulce sonrisa, le preguntó:
—Cariño, ¿cómo has sabido encontrar el mejor regalo?
El niño se encogió de hombros y sonrió.
Entonces la abuela se acercó a su oído y le susurró:
—Ese saco del que te hablaba no es un saco cualquiera.
El niño la miró intrigado.
—¿Entonces qué saco es?
La abuela puso suavemente una mano sobre su pecho.
—Se llama corazón.
El niño abrió mucho los ojos.
—¿Mi corazón es un saco?
La abuela soltó una pequeña carcajada.
—Es un saco muy especial. Y en él solo debemos guardar buenos sentimientos.
Luego continuó:
—Cuando lo llenamos de amor, generosidad, paz, gratitud y buenos deseos para los demás, nunca se rompe. Al contrario... cuanto más damos, más espacio parece tener.
El niño abrazó a su abuela con todas sus fuerzas.
Y desde aquel día comprendió que la Navidad no consiste en llenar las manos de regalos, sino en llenar el corazón de buenos deseos para los demás.
Porque los regalos pueden abrirse y olvidarse.
Pero un deseo nacido del corazón puede acompañar a una persona durante toda la vida.
Ese es el verdadero espíritu de la Navidad.
MORALEJA
El mejor regalo de la Navidad no se compra ni se envuelve: nace del corazón.
Cuando nuestros deseos son de amor, salud, paz y felicidad para los demás, descubrimos que compartir buenos sentimientos es la mayor riqueza que podemos guardar.
Porque un corazón lleno de amor nunca pesa demasiado.
© María Eugenia Rojas Alegría
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Primer Premio — IV Concurso de Relatos de Cuentos, 2018
Ayuntamiento de Frómista (España)
