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jueves, 25 de octubre de 2018

GABRIEL Y EL PEQUEÑO GUISANTE. Los buenos guisantes 🫛

GABRIEL Y EL PEQUEÑO GUISANTE
© María Eugenia Rojas Alegría 

Hershel Gabriel Carrasco López 

Gabriel es un pequeño niño de tres años y, como todos los niños de su edad, siente una enorme curiosidad por descubrir el mundo que lo rodea.

Pregunta por todo, observa con atención y, poco a poco, aprende a conocer y utilizar las cosas que encuentra a su alrededor.

También ha aprendido a escoger entre los alimentos y ya tiene sus favoritos.

Hay ocasiones en las que le damos guisantes enteros y no le gustan demasiado. Entonces, con mucho disimulo, va apartándolos uno a uno hasta dejarlos escondidos en un rincón de su plato.

Cuando termina de comer el resto, muy orgulloso dice:

—¡Gracias!

Pero nosotros le hacemos notar que todavía faltan los guisantitos.

Entonces le contamos que están tristes porque nadie se los quiere comer y tratamos de animarlo a probarlos mezclados con arroz o patata.

Gabriel abre la boca, toma una cucharada grande y mastica, mastica y vuelve a masticar.

Finalmente, traga.

Pero, como por arte de magia, los guisantes enteros vuelven a aparecer en su plato, uno detrás de otro.

Con muchísimo cuidado los ha separado de la comida, sin que sepamos cómo consigue hacerlo.

Eso sí, ¡el resto se lo come masticando muy bien!

Entonces decidimos contarle algo que hasta ese momento no sabía.

Le explicamos que detrás de cada pequeño guisante hay una historia.

Le contamos que aquella pequeña bolita verde hace un largo viaje antes de llegar hasta su plato.

Primero vive en una pequeña casita llamada vaina, donde tiene muchos hermanitos, todos verdes y redonditos como él.

Allí crecen juntos gracias a los cuidados de un señor muy trabajador llamado Agricultor, que los riega con cariño y los cuida todos los días.

También les contamos que el señor Sol los visita con sus rayitos y que, junto con el agua, ayuda a que los guisantes crezcan, se hagan fuertes y lleguen a ser tan bonitos como Gabriel.

A Gabriel le gustó mucho aquella historia.

Entonces le dimos un papel y lápices de colores para que pudiera dibujar al pequeño guisante, al señor Agricultor, al señor Sol, el agua y la vaina donde vivían todos aquellos hermanitos.

¡Fue muy divertido!

Pero todavía teníamos una sorpresa más.

Tomamos un pequeño vasito, pusimos un poco de tierra y enseñamos a Gabriel cómo se puede cultivar una planta.

Le dimos un guisante y le dijimos:

—Ahora mételo con cuidado dentro de la tierra y espera unos días. Si lo cuidamos bien, muy pronto podrá salir una bonita plantita.

Gabriel lo hizo con muchísima ilusión.

Desde aquel día, nuestro pequeño jardinero está pendiente de su guisante.

Todos los días lo observa, lo cuida y se preocupa de ponerle un poquito de agua.

Y así, aquel pequeño guisante que antes terminaba escondido en un rincón del plato se convirtió en su amigo.

Cada mañana, Gabriel se acerca a su pequeño vasito y lo mira con atención, esperando descubrir algún cambio.

—¿Ya salió? —pregunta con ilusión.

Y si todavía no ha aparecido ninguna hojita, le recordamos:

—Hay que tener paciencia. Las plantitas necesitan su tiempo.

Gabriel espera.

Porque está aprendiendo que no todo sucede inmediatamente.

Con esta sencilla actividad queremos enseñarle que la naturaleza merece nuestro cariño y nuestro respeto; que los alimentos no aparecen por arte de magia en nuestra mesa, sino que detrás de cada uno de ellos hay tierra, agua, sol, trabajo y mucho cuidado.

Y también queremos que comprenda que las cosas importantes necesitan tiempo para crecer.

Una planta.

Una amistad.

Un sueño.

Incluso nosotros mismos.

Y ahora, cuando hablamos de los guisantes, le decimos:

—Los guisantitos crecen con mucho amor para que los niños también crezcan sanos, fuertes y felices.

Gabriel sonríe y mira su pequeño vasito de tierra.

Quizá todavía es demasiado pequeño para comprender todo lo que significa cuidar una semillita.

Pero, poco a poco, está aprendiendo algo muy importante:

que aquello que cuidamos con amor puede crecer.

Y que cuando respetamos y cuidamos la naturaleza, ella también nos regala vida.

Colorín colorado, este pequeño cuento se ha terminado,

con muchísimo amor para Gabriel, mi nieto amado.

🌱 MORALEJA

Todo lo que crece necesita cuidado, paciencia y amor.

Si aprendemos desde pequeños a respetar y cuidar la naturaleza, descubriremos que ella también puede enseñarnos a crecer con responsabilidad, paciencia, cariño y gratitud.

Porque una pequeña semilla puede parecer insignificante, pero dentro de ella puede esconderse una nueva vida.

© María Eugenia Rojas Alegría










3 comentarios:

Anónimo dijo...

Que buena enseñanza me encanto tu cuento, tienes unos Blogs muy bonito, siempre los visito.
Abrazos.
Patricia

María Eugenia Rojas Alegría dijo...

Gracias Patricia, siempre eres bienvenida a este rinconcito.
Un besito lleno de ternura.
Mau

María Eugenia Rojas Alegría dijo...

Amizade, me voy volando a celebrar con ustedes.
Un abrazo grande, grande, lleno de ternura.
Mau