sábado, 2 de julio de 2011

PROMESAS, PROMESAS, PROMESAS

PROMESAS, PROMESAS, PROMESAS
© María Eugenia Rojas Alegría 


Había una vez hombres y mujeres acostumbrados a hacer promesas.

Promesas que pronunciaban con mucha facilidad, pero que, a la hora de la verdad… ¿realmente cumplían?

Porque prometer es muy sencillo.

Lo difícil es cumplir.

Promesa: «Mañana iré, sin falta»

En esta parte del cuento aparecen algunos hombres y mujeres que ejercen profesiones técnicas: electricistas, fontaneros, albañiles y otros trabajadores que, cuando necesitamos de sus servicios, parecen tener el extraño don de hacer desaparecer el calendario.

Uno los llama y prometen:

—Mañana iré, sin falta.

Pero llega el día siguiente…

Y no aparecen.

Entonces volvemos a llamar.

Y otra vez escuchamos:

—Mañana, seguro que voy.

Llega otro mañana…

Y tampoco.

Así pueden pasar varios «mañanas» hasta que, por fin, aparece el profesional…

si es que aparece.

Y mientras tanto, nosotros seguimos esperando, mirando el reloj y preguntándonos si aquel famoso «mañana» tendrá algún día la intención de convertirse en «hoy».

Promesa: «No se lo diré a nadie»

Aquí encontramos a esos hombres y mujeres que se llaman nuestros amigos y que, cuando les contamos un secreto, nos miran muy serios y prometen:

—No te preocupes, no se lo diré a nadie.

Y nosotros confiamos.

Pero apenas nos hemos alejado, nuestro valioso secreto comienza a viajar de boca en boca.

Primero se lo cuentan a una persona.

Esa persona, naturalmente, se lo cuenta a otra.

Y la otra, para no ser menos, se lo cuenta a alguien más.

Y lo curioso es que, cuando finalmente todo el mundo conoce nuestro secreto, nadie sabe quién fue la primera persona que lo contó.

¡Qué misterio!

Promesa: «No te dolerá»

Aquí aparecen algunos médicos, dentistas o enfermeras que, cuando vamos a someternos a una intervención, recibir una inyección o pasar por algún procedimiento que nos preocupa, intentan tranquilizarnos diciendo:

—No te dolerá.

Y nosotros queremos creerles.

De verdad queremos creerles.

Pero llega el momento…

Y entonces:

—¡Ay!

Quizá sería más sincero decir:

—Va a doler un poquito, pero será muy rápido.

Al menos, así estaremos preparados.

Porque, a veces, una pequeña dosis de sinceridad duele mucho menos que una gran promesa incumplida.

Promesa: «Mañana te pago, sin falta»

En esta parte del cuento aparecen aquellas personas a las que, confiando en ellas, les prestamos dinero.

Cuando les prestamos el dinero, todo parece muy sencillo:

—Mañana te pago, sin falta.

Pero llega mañana…

Y no pagan.

Después llega otro mañana…

Y tampoco.

Cuando volvemos a encontrarnos, escuchamos nuevamente:

—No te preocupes, te pagaré mañana. Espera mi llamada.

Y así, el «mañana» se convierte en una fecha misteriosa que parece no llegar nunca.

Al final, somos nosotros quienes tenemos que llamar, preguntar e insistir para intentar recuperar aquello que un día prestamos de buena fe.

Y entonces descubrimos que hay personas capaces de convertir una deuda de unos pocos días en una historia que puede durar años.

Promesa: «Siempre te amaré»

Y llegamos a la última de nuestras promesas.

Esta es, quizá, la más hermosa de todas cuando se dice con sinceridad:

—Siempre te amaré.

La pronunciamos cuando estamos enamorados, cuando sentimos que nuestro amor será eterno y que nada podrá cambiar lo que sentimos.

Pero la vida cambia.

Las personas cambian.

Y, algunas veces, también cambia el amor.

Entonces aquella promesa que parecía eterna puede dejar de ser posible.

Quizá por eso, cuando amamos, debemos disfrutar y cuidar ese amor mientras exista, sin olvidar que ninguna persona puede conocer lo que traerá el mañana.

Tal vez amar para siempre no signifique saber qué ocurrirá dentro de veinte años.

Tal vez signifique algo mucho más sencillo:

amar de verdad hoy.

Porque el futuro no está en nuestras manos, pero sí lo está la manera en que tratamos a quien tenemos delante en este momento.

MORALEJA

No debemos hacer promesas a la ligera.

Una promesa no es solamente una frase bonita; es un compromiso con otra persona y también con nuestra propia conciencia.

Antes de prometer algo, deberíamos preguntarnos si realmente podremos cumplirlo.

Porque las palabras pueden olvidarse, pero nuestras acciones siempre dejan huella.

Prometer menos y cumplir más vale mucho más que llenar la vida de promesas que nunca llegan a cumplirse.

Y quizá exista una promesa que todos deberíamos intentar cumplir:

hacer que nuestras palabras y nuestros actos caminen siempre en la misma dirección.

© María Eugenia Rojas Alegría





1 comentario:

Darwin Bruno dijo...

Un placer visitarle y seguirte amiga.Lindo espacio. Lindas poesías y interesantes historias. Que tengas un buen día.

http://socialculturalyhumano.blogspot.com/