sábado, 24 de agosto de 2019

GABRIEL Y EL GRAN PÍO QUE SABÍA VOLAR. Aventuras de Hershel Gabriel 😊

GABRIEL Y EL GRAN PÍO QUE SABÍA VOLAR
© María Eugenia Rojas Alegría 

Hershel Gabriel Carrasco López 

Hola, soy Gabriel, y aunque todavía soy muy pequeño, tengo muchas aventuras que contarles.

Hoy quiero contarles la historia de mi encuentro con un pío muy, muy grande.

Hace poquito, mi mamita me llevó a un lugar donde había muchos píos enormes. Tenían las alas desplegadas y brillaban bajo el sol.

¡Eran gigantes!

Al verlos sentí un poquito de miedo, pero mamá me tranquilizó:

—No tengas miedo, mi amor. Esos píos se llaman aviones.

Yo iba sentadito en mi cochecito, abrazando muy fuerte a Bugus, mi osito favorito. Con él a mi lado me sentía mucho más seguro.

De pronto, mamita me dijo:

—Gabriel, vamos a despedirnos de papá porque tenemos que entrar al avión.

Yo pensé que aquel enorme pío quizá quería comernos.

¡Era tan grande!

Pero mientras estuviera junto a mi mamita, sabía que nada malo podía pasar.

Entramos en la panza del pío y descubrí que por dentro era muy diferente de lo que imaginaba.

Había muchísimos asientos, mucha gente y unas pequeñas ventanas.

Nos sentamos cerca de una de ellas.

Como todo aquello era nuevo para mí, pedí mi bibi, mi querido biberón. Tenerlo conmigo me ayudaba a sentirme tranquilo.

Entonces el pío comenzó a correr cada vez más rápido.

¡Rrrrrrrr!

Se escuchó un ruido muy fuerte.

Miré a mamá con los ojos muy abiertos.

—Son los motores, Gabriel. ¡Vamos a despegar! —me explicó.

Yo no sabía qué significaba despegar, así que miré por la pequeña ventanita.

Y entonces lo descubrí.

¡El suelo se estaba alejando!

—¡Ahhh! —pensé sorprendido—. ¡Despegar significa volar!

¡Qué maravilla!

El enorme pío había extendido sus alas y ahora volaba por el cielo.

Yo miraba por la ventana sin poder creer lo que estaba viendo.

¡Un pío gigante volando de verdad!

Después de un buen rato, me quedé dormidito.

Cuando desperté, todavía seguíamos dentro del pío. Miré nuevamente por la ventanita y vi algo enorme y azul debajo de nosotros.

—¿Qué es eso, mamita?

Mamá sonrió y me explicó:

—Es el mar, mi amor. Es muchísima agua.

¡Ohhh!

Era tanta agua que parecía imposible.

¡Había mucha más de la que podía caber en mi bañera!

Seguí mirando maravillado por la ventana.

Desde allí arriba, el mundo parecía pequeñito y hermoso.

Las casas parecían juguetes, los caminos parecían líneas y el mar se extendía hasta donde alcanzaban mis ojos.

Después de volar durante mucho tiempo, volví a mirar por la ventanita y descubrí que el suelo se estaba acercando.

—Ya estamos llegando, Gabriel —dijo mamá.

Nos preparamos para bajar.

Mamita me puso nuevamente en mi cochecito y tomó nuestro equipaje.

Al salir por una gran puerta, vi a dos personas que corrían hacia mí.

¡Venían muy felices!

Me cogieron en brazos, me llenaron de besos y me apretujaron mientras decían:

—¡Qué bebé más bonito!

Yo miré a mamá un poco sorprendido.

Entonces ella me explicó:

—Son tus abuelitos.

¡Ahhh!

¡Con razón me apretujaban tanto!

Y qué alegría que hubieran venido a recibirnos, porque ahora comenzaba otra aventura.

Por fin iba a conocer a Croky, Didi, Beto y Momo.

Y junto a mi querido Bugus, seguro que jugaríamos hasta cansarnos.

Así terminó mi primer viaje en aquel enorme pío que volaba por el cielo.

Al principio me dio miedo porque era enorme y desconocido.

Pero descubrí algo muy importante: cuando mamá estaba conmigo, podía sentirme seguro y atreverme a conocer cosas nuevas.

Aquel enorme pío que al principio me había asustado terminó convirtiéndose en uno de los protagonistas de una aventura que nunca olvidaría.

Y desde aquel día aprendí que algunas cosas que parecen aterradoras al principio pueden convertirse en las aventuras más bonitas.

MORALEJA

No debemos tener miedo a lo desconocido.

Con amor, confianza y alguien que nos acompañe, podemos transformar nuestros temores en maravillosas aventuras.

Y a veces, aquello que al principio nos parece enorme y aterrador puede terminar siendo el comienzo de un recuerdo que guardaremos para siempre.

© María Eugenia Rojas Alegría