EL SACO DE HARINA Y LOS RATONES
© María Eugenia Rojas Alegría
Érase una vez...
En un hermoso pueblo de Valladolid vivía Cipriano con su numerosa familia. Tenía nueve hijos: seis mujeres y tres varones.
La familia era una de las más pudientes de la comarca. Poseían numerosas tierras y una buena cantidad de ganado, y sus campos producían abundantes y excelentes cosechas.
La vida transcurría tranquila y feliz, hasta que un día todo cambió.
Estalló la Guerra Civil y, como el servicio militar era obligatorio, los tres hijos de Cipriano tuvieron que marcharse a combatir. También los hombres que trabajaban sus tierras fueron llamados a filas.
De pronto, Cipriano se quedó sin sus tres hijos y sin los trabajadores que se ocupaban de las labores agrícolas.
Las seis hijas permanecieron en casa. Sin embargo, Cipriano era un hombre orgulloso y no estaba dispuesto a permitir que sus hijas trabajaran en el campo ni que se ocuparan de las tareas que hasta entonces habían realizado los hombres.
Y así, para mantener a su familia y conservar el nivel de vida al que estaban acostumbrados, comenzó a vender poco a poco sus tierras y su ganado.
Primero vendió una finca.
Después, otra.
Más tarde, algunas cabezas de ganado...
Cada vez que surgía una necesidad, Cipriano recurría a lo que todavía le quedaba.
Pasaron seis largos años y, finalmente, terminó la guerra.
Cuando sus tres hijos regresaron a casa, se llevaron una enorme decepción al descubrir que su padre había vendido prácticamente todo el patrimonio familiar.
Entre ellos estaba Alberto, el hijo mayor, que se casó con Blanca, su novia de antes de la guerra.
El padre de Blanca, Lorenzo, había afrontado aquellos años de una manera muy diferente.
Mientras Cipriano se había dedicado a vender sus bienes, Lorenzo había trabajado personalmente sus tierras y había puesto a sus hijas al frente del ganado.
Además, aprovechando las oportunidades que se presentaban, había ido comprando las tierras y el ganado que otros se veían obligados a vender.
Dos maneras muy diferentes de enfrentarse a las dificultades.
Alberto y Blanca decidieron comenzar una nueva vida en otro pueblo. Alberto montó un taller mecánico y se dedicó a fabricar maquinaria agrícola.
Uno de sus primeros trabajos importantes fue el encargo de un amigo, para quien fabricó una máquina destinada a labrar la tierra, algo parecido a un moderno arado mecánico.
Cuando terminó el trabajo, entregó la máquina y quedó pendiente el pago.
Pasó el tiempo y Alberto decidió ir a cobrar.
Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió que su propio padre, Cipriano, ya había cobrado el dinero hacía tiempo.
Alberto se quedó sin palabras.
Para no dejar a su padre en evidencia y evitar un problema familiar, trató de salir del apuro como pudo. Incluso decidió ocultar lo sucedido a Blanca.
Pero cuando reclamó a su padre el dinero, no hubo solución.
Cipriano ya se lo había gastado.
La necesidad había llevado al orgulloso Cipriano a hacer cosas que seguramente jamás había imaginado.
Pero quizá tampoco había imaginado que, dejando a un lado su orgullo, podía haber trabajado junto a sus hijas y haber conservado buena parte de aquello que tanto le había costado conseguir.
Y todavía quedaba una historia más...
Cipriano conocía muy bien las propiedades de su ahora consuegro Lorenzo. Sabía, entre otras cosas, dónde guardaba los sacos de harina.
Y, como dice el refrán, «la necesidad tiene cara de hereje».
Una noche, Cipriano, vencido por la necesidad, se armó de valor y fue hasta la panera de Lorenzo.
Miró a un lado y a otro y, procurando que nadie lo descubriera, tomó un saco de harina.
Aquel saco significaba pan para su familia durante todo un mes.
Cipriano consiguió llevarlo hasta su casa sin ser descubierto.
O eso creyó él.
A la mañana siguiente, Lorenzo, como hacía todos los días, fue a revisar sus sacos de harina.
Contó una vez.
Volvió a contar.
Y volvió a contar por tercera vez.
¡Faltaba un saco!
Lorenzo no podía entenderlo.
¿Dónde había desaparecido?
Entonces observó el suelo con más atención y descubrió algo sospechoso: un pequeño reguero de harina.
—¡Ajá! —pensó.
Siguió el rastro.
Paso a paso, el camino de harina lo condujo directamente hasta la casa de Cipriano.
Y allí terminó el misterio.
¡Menudo lío se armó entre aquellos dos consuegros!
Porque una cosa era que Cipriano hubiera perdido sus tierras por orgullo...
¡Pero otra muy distinta era que pretendiera hacer desaparecer un saco de harina dejando un camino de pistas hasta su propia casa!
Y así quedó para siempre en la memoria de la familia aquella curiosa historia del saco de harina.
Porque, al final, parece que hasta la harina tenía algo que contar.
MORALEJA
La necesidad puede llevarnos a tomar decisiones que jamás hubiéramos imaginado, pero el orgullo puede hacernos perder mucho más de lo que creemos.
Las dificultades también nos obligan a adaptarnos, a buscar nuevas soluciones y, algunas veces, a aceptar que necesitamos la ayuda de quienes tenemos cerca.
Y, por supuesto...
Si alguna vez tienes que hacer un trabajo secreto, asegúrate primero de que no haya harina por el camino ni ratones que puedan delatarte.
¡Jejeje! 😂
© María Eugenia Rojas Alegría
