Hoy quiero compartir, con muchísimo amor y una profunda emoción, este hermoso documento escrito por una gran profesional de la salud, D.ª Rosa María Pascual Maté, a quien agradezco, desde lo más profundo de mi corazón, las bellísimas palabras y los conceptos que ha expresado sobre mi persona.
Sus palabras me emocionan especialmente porque hablan de esos encuentros inesperados que, sin saberlo, pueden cambiar el rumbo de nuestra vida y convertirse en auténticos regalos del cielo.
Todos pensamos que los ángeles van a aparecerse ante nosotros de carne y hueso, envueltos en luz y con grandes alas.
Sin embargo, quizá no siempre sea así.
Hay personas que aseguran haber percibido su presencia de diferentes maneras: a través de sensaciones, aromas, sueños o mensajes que llegan en momentos especiales.
Yo creo que, a lo largo de nuestra vida, también aparecen personas que cumplen esa función.
Personas que llegan cuando menos las esperamos.
Personas que nos ayudan, nos inspiran, nos acompañan o simplemente dejan una huella que transforma algo dentro de nosotros.
El verdadero milagro sucede cuando somos capaces de reconocerlas como tales y permitimos que el flujo de la vida siga su curso.
Así fue mi encuentro…
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Estaba pasando consulta, como tantos otros días.
Pero antes de comenzar, siempre digo:
«Hoy va a ser un gran día. Me voy a encontrar con gente maravillosa y hoy se va a producir un milagro.»
Y aquel día, las tres afirmaciones se convirtieron en una sola.
No es que el resto de los días no suceda nada especial, porque siempre me enriquezco con todas las personas que acuden a la consulta.
Pero serían aproximadamente las diez de la mañana cuando Mau apareció allí.
Su sonrisa inundó la habitación.
Su voz aterciopelada y sus gestos hicieron que aquel encuentro resultara especial desde el primer instante.
Enseguida se percató de la música de fondo que tenía puesta.
Le pregunté por su origen, pues su acento me resultaba extranjero.
Me contó que era de Bolivia y que en su país tenía una hija que estaba embarazada.
Le di algunos consejos para ella y, aparentemente, allí quedó todo.
Una consulta más.
Un encuentro más.
Una persona más que entraba y salía de aquella habitación.
Pero no fue así.
Después de que Mau se marchara, algo de aquel encuentro había quedado profundamente grabado en mi corazón.
Aquella sensación me inspiró un poema dedicado a ella, que posteriormente formaría parte del libro.
Mi intuición me decía que debía llamarla.
Y así lo hice.
A partir de aquel encuentro comenzamos a realizar este libro, en el que ella se encarga de todo el diseño gráfico.
Y si me preguntáis cómo pudo suceder algo así, os voy a entregar la varita mágica:
«Pedid y se os dará.»
Pedí al Padre una señal para continuar con el libro y, en su infinita bondad, el Padre me mandó a un ángel.
Ese ángel fue Mau.
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Al leer estas palabras, no puedo evitar emocionarme.
Porque hay encuentros que parecen casuales, pero que, con el paso del tiempo, descubrimos que tenían un propósito.
Personas que llegan a nuestra vida sin avisar y dejan una huella que permanece.
Personas que quizá solo conocemos durante unos minutos, pero que terminan formando parte de nuestra historia durante muchos años.
A veces creemos que un milagro tiene que ser algo extraordinario.
Algo que nos deje sin palabras.
Algo imposible de explicar.
Pero quizá algunos milagros sean mucho más sencillos.
Quizá un milagro sea conocer a la persona adecuada en el momento preciso.
Quizá sea recibir una llamada que necesitábamos.
Encontrar una amistad inesperada.
Recibir una palabra de ánimo.
O descubrir que alguien que acabamos de conocer puede ayudarnos a hacer realidad un sueño que creíamos difícil de alcanzar.
Quizá los ángeles no siempre tengan alas.
Tal vez muchas veces lleguen con una sonrisa, una palabra, una mirada, una mano tendida o un gesto de cariño en el momento exacto en que más los necesitamos.
Y quizá el verdadero milagro no sea solamente que aparezcan.
Quizá el verdadero milagro sea tener el corazón abierto para reconocerlos.
Porque algunas personas llegan para enseñarnos.
Otras, para acompañarnos.
Algunas llegan para ayudarnos a cerrar una etapa.
Y otras aparecen para abrir una puerta que ni siquiera sabíamos que existía.
No sabemos cuánto tiempo permanecerán a nuestro lado.
Pero sí podemos agradecer aquello que dejan en nosotros.
Y cuando alguien llega a nuestra vida con amor, generosidad y una intención noble, quizá podamos preguntarnos:
¿Y si esta persona llegó a mi camino por alguna razón?
Tal vez nunca encontremos una respuesta.
Pero tampoco necesitamos encontrarla.
A veces basta con agradecer.
Agradecer el encuentro.
Agradecer la oportunidad.
Agradecer el cariño.
Y agradecer a Dios por haber cruzado nuestros caminos.
Porque, quizá, algunos de los ángeles que Dios pone en nuestra vida no bajan del cielo.
Llegan caminando.
🌟 MORALEJA
La vida está llena de encuentros que parecen casualidades, pero algunos llegan como verdaderos regalos.
Cuando abrimos el corazón y confiamos en el camino, podemos descubrir que ciertas personas aparecen en nuestra vida justamente cuando tenían que aparecer.
No todos los ángeles llevan alas.
Algunos llegan con una sonrisa.
Otros, con una palabra.
Otros, con una mano tendida.
Y algunos simplemente aparecen en el momento preciso para ayudarnos a encontrar un camino que creíamos perdido.
Por eso, no dejemos de mirar con el corazón.
Porque quizá, detrás de una persona que llega inesperadamente a nuestra vida, exista un hermoso regalo de Dios.
A veces, los ángeles no bajan del cielo: llegan caminando a nuestro lado.
© María Eugenia Rojas Alegría
