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martes, 10 de mayo de 2011

BLANQUITA Y LA LECCIÓN DE AQUEL SÁBADO. Blanca… casi violada?

BLANQUITA Y LA LECCIÓN DE AQUEL SÁBADO
© María Eugenia Rojas Alegría 


Blanca, a quien todos llamaban cariñosamente Blanquita, tenía diecisiete años. Su enamorado, Freddy, tenía veinte. Como todos los sábados, aquella tarde él la llamó para decirle que pasaría por su casa a recogerla. Después irían juntos al cine con su grupo de amigos.

Ilusionada, Blanquita se arregló con esmero y miró varias veces el reloj. Freddy debía de estar a punto de llegar. Impaciente, decidió salir a esperarlo.

Se acercó hasta la esquina y comenzó a mirar de un lado a otro, tratando de descubrir entre la gente la figura de su amado.

Pero Freddy no aparecía.

De pronto, recordó que había olvidado el móvil en casa.

—Seguro que me está llamando —pensó.

Y emprendió rápidamente el camino de regreso.

No había avanzado mucho cuando, de repente, sintió que alguien le agarraba la mano con una fuerza brutal.

Blanca se volvió sobresaltada.

Frente a ella había un hombre de aspecto amenazante. Intentó soltarse, pero él no la dejó. En cuestión de segundos, sacó una navaja del bolsillo y se la mostró.

—¡No grites! —la amenazó—. Si gritas, te rajo la cara.

El miedo la paralizó por un instante.

Miles de pensamientos cruzaron por su mente. Pensó en sus padres, en Freddy, en su casa… y en todo lo que podía ocurrirle.

Tenía que hacer algo. No podía quedarse inmóvil.

Y entonces, sin saber exactamente de dónde sacó el valor, tomó una decisión.

—Vamos a mi casa —le dijo.

El hombre pareció desconcertado.

—¡Vamos a mi casa! —repitió ella con firmeza.

Mientras intentaba liberarse, comenzó a caminar hacia su vivienda, tirando del individuo y repitiendo una y otra vez:

—Ven a mi casa… ven a mi casa…

Por suerte, la puerta de la calle había quedado entreabierta.

Al llegar, Blanca reunió todas sus fuerzas, empujó violentamente la puerta y la abrió de una patada.

¡PUM!

El estruendo resonó por toda la casa.

El hombre se sobresaltó. En una fracción de segundo soltó la mano de Blanca y salió corriendo calle abajo.

Blanquita entró tambaleándose.

En ese momento apareció su padre.

—¿Qué ha pasado?

Ella, todavía temblando y con el corazón desbocado, apenas pudo responder:

—Me caí, papá… pero estoy bien. No pasa nada.

Subió a su habitación y se dejó caer sobre la cama.

Tenía la muñeca enrojecida y le dolía muchísimo. El miedo todavía le recorría el cuerpo. Respiró profundamente, tratando de recuperar la calma.

Entonces sonó el teléfono.

Era Freddy.

—Perdona, Blanca. Me he retrasado. Ya iba a llamarte para avisarte.

Blanquita cerró los ojos.

Durante unos segundos no pudo decir nada. Aquella llamada, que minutos antes tanto había esperado, le hizo comprender lo cerca que había estado de vivir una tragedia.

Y una pregunta quedó flotando en el aire:

¿Qué intenciones tenía aquel individuo?

Quizá nunca lo sabremos.

Pero sí podemos aprender algo de lo ocurrido. A veces, un pequeño descuido o una decisión tomada sin pensar pueden exponernos a situaciones que jamás imaginamos.

MORALEJA

Si alguien ha quedado en recogerte en casa, espera en casa. No te adelantes al encuentro ni salgas sola a buscarlo.

La prudencia y la prevención pueden ayudarnos a evitar situaciones de peligro. No se trata de vivir con miedo, sino de aprender a cuidarnos.

A veces, una pequeña decisión puede marcar una gran diferencia.

© María Eugenia Rojas Alegría