Había una vez un anciano que, en lugar de disfrutar de la sombra de los árboles que había visto crecer, dedicaba cada mañana a lanzar piedras contra los frutos del huerto de sus vecinos.
Creía que, si conseguía romper suficientes ramas, los demás dejarían de sonreír.
Pero sucedía algo curioso: los árboles seguían dando frutos, mientras el anciano, poco a poco, se iba quedando solo.
Las personas dejaron de acercarse a él, no por miedo, sino porque el rencor se había convertido en la única conversación que sabía mantener.
Un día, un niño que pasaba por allí lo observó durante un rato y, sin entender aquella actitud, le preguntó:
—¿Por qué haces eso si no ganas nada?
El anciano se quedó en silencio.
Bajó la mirada, pero no encontró respuesta.
Había pasado tanto tiempo pensando en lo que quería destruir que nunca se había preguntado qué estaba construyendo con sus propias acciones.
Con el paso del tiempo comprendió algo que hasta entonces no había querido ver:
las piedras nunca habían dañado tanto a los árboles como a su propio corazón.
Mientras él vivía pendiente de destruir, los demás seguían sembrando, trabajando, riendo y construyendo sus vidas en paz.
Los árboles continuaban creciendo.
Los frutos seguían apareciendo.
Y la sombra seguía allí, disponible incluso para quien hubiera olvidado cómo disfrutarla.
Entonces el anciano comprendió que había desperdiciado demasiados años mirando lo que hacían los demás, en lugar de cuidar aquello que podía hacer crecer dentro de sí mismo.
Porque hay una verdad que nunca envejece:
quien dedica su vida a sembrar odio, termina viviendo entre las espinas que él mismo plantó; quien siembra respeto y amor, siempre encontrará un jardín donde descansar.
MORALEJA
No permitas que el rencor ocupe el lugar que podría llenar el amor.
Cuando dedicamos nuestra vida a destruir, criticar o hacer daño a los demás, muchas veces terminamos siendo nosotros mismos quienes vivimos atrapados en la amargura.
En cambio, cuando elegimos sembrar respeto, bondad y cariño, construimos a nuestro alrededor un lugar donde también nosotros podemos encontrar paz.
No podemos controlar lo que otros siembran, pero sí podemos decidir qué queremos cultivar en nuestro propio corazón.
© María Eugenia Rojas Alegría

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