Creía que, si conseguía romper suficientes ramas, los demás dejarían de sonreír.
Pero sucedía algo curioso: los árboles seguían dando frutos, mientras el anciano, poco a poco, se iba quedando solo.
Las personas dejaron de acercarse, no por miedo, sino porque el rencor se había convertido en la única conversación que él sabía mantener.
Un niño que pasaba por allí le preguntó:
—¿Por qué haces eso si no ganas nada?
El anciano bajó la mirada, pero no encontró respuesta.
Con el tiempo comprendió que las piedras nunca habían dañado tanto a los árboles como a su propio corazón.
Mientras él vivía pendiente de destruir, los demás seguían sembrando, trabajando, riendo y construyendo una vida en paz.
Porque hay una verdad que nunca envejece: quien dedica su vida a sembrar odio, termina viviendo entre las espinas que él mismo plantó; quien siembra respeto y amor, siempre encontrará un jardín donde descansar.
© María Eugenia Rojas Alegría

No hay comentarios:
Publicar un comentario