miércoles, 18 de mayo de 2011

EL AMOR QUE ESPERÓ TODA UNA VIDA. Cuento con moraleja

EL AMOR QUE ESPERÓ TODA UNA VIDA
© María Eugenia Rojas Alegría 


En una fiesta vi a un muchacho muy guapo que llamó inmediatamente mi atención. Me fascinaba su manera de andar; parecía que estuviera desfilando por una pasarela de moda. También me encantaba la elegante postura que adoptaba cada vez que alguien le tomaba una fotografía. Tenía algo especial que me cautivó desde el primer instante.

No me fue difícil averiguar su nombre. Era muy popular y, por supuesto, todas las chicas suspiraban por él. Se llamaba Alberto.

¡Cuánto me gustaba! Sin embargo, él jamás llegó a imaginar que, sin saberlo, había conquistado mi corazón.

Pasó un tiempo y me enteré de que se había casado. Todo había sucedido muy rápido. Me sentí profundamente desilusionada y me reproché no haber tenido el valor de acercarme y presentarme ante él.

—¡Qué mala suerte! —pensé—. Ahora será casi imposible que Alberto llegue a fijarse en mí.

Poco después nació su primer hijo, y supe que aquella había sido una de las razones por las que había decidido casarse. Con aquella noticia me sentí aún más hundida y comencé a resignarme.

Decidí marcharme muy lejos. Pensaba que, mientras más tierra hubiera entre nosotros, mayores serían las posibilidades de cerrar aquella herida que llevaba en el corazón.

Formé mi propia familia y seguí adelante con mi vida. Pero, cuando me encontraba sola o cuando llegaban los sueños, Alberto aparecía nuevamente en mis pensamientos.

Me preguntaba cómo estaría, si sería feliz y qué habría sido de aquel amor que nunca llegó a existir.

Los caprichos de la vida hicieron que, con el tiempo, perdiera a mi marido. Entonces tuve que regresar a mi tierra junto a mis hijos.

Estaba feliz de volver. En el fondo de mi corazón había una ilusión que no me atrevía a confesar: volvería a respirar el mismo aire que respiraba Alberto.

Una vez instalada, arreglé mi situación y, casi sin querer reconocerlo, comencé a preguntar por él.

Las noticias que recibí fueron muy diferentes de lo que había imaginado.

Me contaron que Alberto no había tenido mucha suerte en su matrimonio. A pesar de tener cinco hijos, su vida estaba dedicada casi por completo a trabajar. Trabajaba muy duro para satisfacer las necesidades y los caprichos a los que su esposa y sus hijos se habían acostumbrado, pero, lamentablemente, no recibía de ellos el apoyo ni el cariño que necesitaba.

Tenía una excelente posición económica, una casa hermosa y coches de último modelo. Desde fuera parecía tenerlo todo.

Pero le faltaba lo más importante: sentirse querido.

El día que volví a verlo, me sentí nuevamente como una quinceañera. ¡Me daban ganas de saltar de alegría!

Con la ayuda de una buena amiga tuve la suerte de conocer personalmente a aquel hombre especial que tantos años había ocupado un lugar secreto en mi corazón.

Poco a poco nos hicimos buenos amigos. Después nos convertimos en confidentes. Hablábamos de todo y compartíamos nuestras alegrías, nuestras tristezas y nuestras experiencias.

Al escuchar su historia, descubrí que detrás de aquel hombre fuerte, de porte firme y distinguido, había un pequeño niño que llevaba muchos años necesitando afecto, comprensión y amor.

Pasó mucho tiempo hasta que, un día, Alberto me contó que había decidido divorciarse. Estaba cansado de una vida matrimonial en la que se sentía completamente solo.

Incluso su relación íntima con su esposa había desaparecido. Ella prefería pasar las noches viendo películas hasta el amanecer y dormía gran parte de la mañana. Él, en cambio, debía descansar temprano para levantarse y cumplir con sus obligaciones laborales.

Sus hijos, acostumbrados a tenerlo todo, tampoco colaboraban con su padre. Preferían divertirse y dormir hasta la hora de comer.

Finalmente, Alberto tomó una decisión: quería recuperar su vida.

Una vez resuelto su divorcio, ocurrió aquello que quizá el destino había estado esperando durante tantos años.

Comenzamos a enamorarnos.

Nos enamoramos como dos adolescentes, con esa ilusión que hace que el corazón vuelva a latir con fuerza. Descubrimos que, a pesar de todo el tiempo que había pasado, aquel sentimiento que yo había guardado en silencio seguía vivo.

Y decidimos casarnos.

Hoy somos muy felices. A veces nos miramos y lamentamos no habernos conocido antes. Pensamos en todos los años que pasaron sin saber que, en algún lugar, existía la persona que podía hacernos tan felices.

Pero quizá la vida sabía lo que hacía.

Quizá necesitábamos vivir otras experiencias, aprender, equivocarnos, crecer y descubrir quiénes éramos antes de poder encontrarnos de verdad.

Porque algunos amores llegan tarde, pero llegan en el momento en que realmente estamos preparados para vivirlos.

Y quizá ese sea uno de los misterios más hermosos del amor: hay sentimientos que pueden permanecer dormidos durante años, esperando pacientemente el momento adecuado para despertar.

MORALEJA

Nunca descuides a la persona que amas. No permitas que la convivencia convierta el amor en una rutina vacía ni que las obligaciones hagan olvidar los pequeños detalles que mantienen vivo un corazón.

El amor necesita tiempo, atención, ternura, compañía y comprensión. No basta con compartir una casa o una vida: hay que compartir también los sentimientos.

Disfruta de quien amas mientras tengas la oportunidad. Vive cada instante, cuida los pequeños detalles y no dejes para mañana las palabras, los abrazos y las muestras de cariño que puedes dar hoy.

Porque algunas oportunidades pasan una sola vez. Pero cuando el verdadero amor consigue sobrevivir al tiempo, puede esperar toda una vida para volver a encontrarse.

© María Eugenia Rojas Alegría


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