EL REGALO QUE ALFONSO NECESITABA
© María Eugenia Rojas Alegría
Un cuento sobre el amor, la ausencia y las palabras que nunca deberían faltar.
Alfonso era un niño bueno, generoso y alegre. Había crecido rodeado de comodidades, juguetes y todo aquello que sus padres podían ofrecerle.
Su padre y su madre eran personas muy trabajadoras. Se esforzaban cada día para que a su hijo no le faltara nada, pero, entre tantas obligaciones, apenas tenían tiempo para compartir con él.
Y como sentían que su ausencia debía compensarse de alguna manera, le concedían todos sus caprichos, le compraban cuanto pedía y procuraban que siempre tuviera algo nuevo con lo que entretenerse.
Sin embargo, a medida que Alfonso crecía, comenzó a hacerse una pregunta que nadie parecía escuchar:
**¿Seré realmente un buen hijo? ¿Mis padres estarán orgullosos de mí? ¿Sabrán cuánto necesito que me lo digan?**
Como nunca encontraba respuestas, decidió hacer algo para llamar su atención.
Poco a poco, aquel niño cariñoso y obediente comenzó a cambiar. Se volvió rebelde, contestaba mal, desobedecía y, en ocasiones, reaccionaba con agresividad.
En el fondo, Alfonso no quería ser malo. Solo deseaba que sus padres se dieran cuenta de que algo le estaba pasando; que se acercaran a él, que le preguntaran qué sentía y que le demostraran que era importante en sus vidas.
Pero sus padres no lo entendieron.
En lugar de sentarse a conversar con él, comenzaron a comprarle todavía más regalos. Pensaban que su comportamiento era una consecuencia de la adolescencia y que, con el tiempo, todo volvería a la normalidad.
Alfonso, cada día más triste y solitario, fue perdiendo la alegría. Su sufrimiento llegó a ser tan grande que cayó enfermo y terminó postrado en su cama, sumido en una profunda tristeza.
Una noche, mientras permanecía acostado, se le apareció un hada hermosa y luminosa.
Era aquella con la que jugaba cuando apenas era un pequeñito.
El hada se acercó con ternura y le preguntó:
—Alfonso, mi niño querido, ¿por qué estás así? ¿Qué te sucede? ¡Si parece que lo tienes todo!
Alfonso la miró con los ojos llenos de lágrimas y respondió:
—No, hadita linda. No tengo lo que más necesito.
—¿Y qué es eso que tanto te falta?
—Algo muy sencillo, algo que no cuesta dinero y que, sin embargo, parece imposible de conseguir. Me faltan las palabras de mis padres. Quiero saber si soy un buen hijo, si alguna vez se sienten orgullosos de mí y, sobre todo, quiero que me digan cuánto me quieren.
El hada, sorprendida, le respondió:
—Pero, Alfonso, ¿acaso no sabes que te quieren? ¡Mira cuántas cosas te dan!
El niño bajó la mirada y contestó:
—Eso es precisamente lo que no entiendo. No sé si me quieren por quien soy o si creen que con darme cosas es suficiente. Ni siquiera se dieron cuenta de que cambié. No les importa si soy bueno o malo, obediente o desobediente, cariñoso o agresivo. Cuando hago algo mal, no se acercan a preguntarme qué me pasa. Simplemente me compran más regalos.
El hada acarició suavemente su cabello y, con una voz llena de amor, le dijo:
—Ay, mi querido Alfonso... A veces, los adultos se olvidan de que los niños necesitan mucho más que juguetes y comodidades. Necesitan abrazos, conversaciones, atención y palabras que les hagan sentir seguros.
Hizo una pequeña pausa y continuó:
—Descansa, pequeño. Esta noche intentaré que tu corazón encuentre lo que tanto necesita.
Alfonso cerró los ojos y se quedó profundamente dormido.
Aquella misma noche, cuando sus padres por fin se acostaron, después de haber pasado horas trabajando y viendo la televisión, el hada apareció en sus sueños.
Con una voz dulce, pero firme, les dijo:
—Hay regalos que no se compran y que valen mucho más que todas las cosas que habéis dado a vuestro hijo. Alfonso no necesita otro juguete, ni ropa nueva, ni más caprichos. Necesita vuestro tiempo, vuestra atención y vuestro amor expresado con palabras.
Hizo una pausa y continuó:
—Vuestro hijo se pregunta si es bueno, si estáis orgullosos de él y si realmente lo amáis. Ha cambiado su comportamiento porque necesita que lo miréis, que lo escuchéis y que descubráis el dolor que guarda en su corazón. Está sufriendo por vuestra ausencia emocional, mientras vosotros intentáis llenar ese vacío con cosas materiales.
Los padres escuchaban en silencio.
—No esperéis a que sea demasiado tarde para decirle aquello que siente que nunca le habéis dicho. Abrazadlo, escuchadlo, acompañadlo. Decidle cada día cuánto lo amáis y lo orgullosos que estáis de él. Recordad que ningún regalo puede sustituir la presencia de unos padres.
De pronto, ambos despertaron sobresaltados.
Se miraron, todavía emocionados por aquel sueño, y descubrieron que los dos habían recibido el mismo mensaje.
Sin pensarlo dos veces, se levantaron de la cama y corrieron hacia el dormitorio de Alfonso.
Allí estaba su pequeño, dormido y con el rostro cansado.
Se acercaron a él, lo abrazaron con fuerza y comenzaron a llenarlo de besos.
—¡Hijo mío, perdónanos! —le dijeron entre lágrimas—. Estamos muy orgullosos de ti. Te queremos muchísimo. No hay nada en este mundo que pueda reemplazar tu presencia en nuestras vidas. Perdónanos por no haberte escuchado y por no haberte demostrado cuánto significas para nosotros.
Alfonso despertó y, al verlos llorando y abrazándolo, rompió también en lágrimas.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que no necesitaba hacer nada extraordinario para recibir su cariño.
Solo necesitaba ser su hijo.
Los tres se abrazaron durante un largo rato.
Aquella noche descubrieron que el amor no solo debe sentirse: también necesita expresarse, demostrarse y compartirse.
Mientras la familia recuperaba la paz, el hada contemplaba feliz aquella escena.
Entonces ocurrió algo maravilloso.
Sus alas comenzaron a transformarse, su luz se hizo más intensa y su pequeña figura se convirtió poco a poco en la de un hermoso ángel.
Porque aquella hada que había acompañado a Alfonso desde pequeño era, en realidad, su ángel de la guarda.
Siempre había estado a su lado, protegiéndolo y esperando pacientemente que su familia aprendiera a escucharse.
Desde aquel día, los padres de Alfonso comprendieron que el trabajo y las responsabilidades nunca debían ocupar todo el espacio que correspondía al amor.
Organizaron mejor su tiempo. Compartieron comidas, conversaciones, juegos y paseos. Aprendieron a escuchar a su hijo, a corregirlo con cariño y a reconocer sus esfuerzos.
Y, sobre todo, nunca volvieron a dar por sentado que el amor se sobreentiende.
Cada día encontraban un momento para abrazarse y decirse cuánto se querían.
Con el tiempo, la felicidad de aquella familia se multiplicó con la llegada de una hermosa niña, que creció en un hogar donde nunca faltaron las palabras de amor, la comprensión ni los abrazos.
Y Alfonso, por fin, comprendió que el regalo más grande que podía recibir no estaba envuelto en papel ni llevaba un lazo.
Era mucho más sencillo.
Era saberse amado.
MORALEJA
No confundas darlo todo con estar presente.
Un hijo puede tener los mejores juguetes, la ropa más bonita y todas las comodidades del mundo, pero seguir sintiéndose solo si le faltan el cariño, la atención y las palabras de sus padres.
No esperes a que alguien cambie su sonrisa por lágrimas ni a que el silencio esconda un dolor que nunca supiste escuchar.
Abraza mientras puedas, escucha con el corazón y expresa tus sentimientos sin esperar una ocasión especial.
Porque, a veces, las palabras más sencillas son los regalos más grandes:
«Te quiero».
«Estoy orgulloso de ti».
«Me alegra que estés en mi vida».
Y recuerda:
El amor que no se expresa puede dejar un vacío que ningún regalo material conseguirá llenar.
© María Eugenia Rojas Alegría

5 comentarios:
Bellísimo querida mía.
Muy buena moraleja. Enhorabuena
un abrazo
fus
No me pierdo se bella oportunidad.
Te quiero
Con ternura
Sor.Cecilia
Bienvenido:
http://alma-de-deus.blogspot.com/
Un Blog con alma!
Tan poco como cuesta decir
sencillamente lo que sale del corazón
y olvidamos la importancia
de ese regalo y la tristeza
del quien le falta.
Muy bonito cuento y moraleja,
un saludo
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