sábado, 23 de marzo de 2013

Cipriano y su orgullo

Erase una vez…


Cipriano tenía nueve hijos,  seis mujeres y tres hombres, vivan en un pueblo muy bonito de Valladolid.

La familia era de las más pudientes en la sociedad, poseía ganado y muchas tierras, las que producían ricos y abundantes productos agrícolas.

La vida era muy placentera y feliz hasta que surgió el estallido de la guerra civil,  provocando que todos los hombres tuvieran que alistarse para combatir, ya que la mili era obligatoria.

Cipriano se quedó sin sus tres hijos y sin el personal que realizaban las tareas agrícolas, todos ellos tuvieron que ir a la guerra.

Las hijas se quedaron en casa, pero claro, no se imaginaban que las cosas iban a cambiar al pasar el tiempo.

Cipriano era un hombre muy orgulloso y no permitió que las hijas trabajaran y para solventar todos los gastos a los que estaban acostumbrados, empezó que vender poco a poco sus tierras y el ganado, a medida que surgían las necesidades de tener dinero.
Pasaron seis años y terminó la guerra, cuando los hijos de Cipriano llegaron a casa, se enteraron con gran decepción, que el padre había vendido todas las fincas y el ganado que tenían.

El mayor de los hijos, se casó con la novia que le esperaba, Lorenzo el padre de ella, en ese tiempo que duro la guerra, no dudó en trabajar él mismo la tierra y puso a sus hijas a cargo de la ganadería y al contrario de Cipriano, Lorenzo compraba las tierras y el ganado que le ofrecían.

Alberto y Blanca, formaban ya un flamante matrimonio, decidieron vivir en otro pueblo, el esposo, montó un taller mecánico y se dedicó a fabricar maquinaria agrícola.

Uno de los primeros trabajos que realizó, fue encargado por uno de sus amigos, y fabricó una máquina para labrar el terreno, algo así como un arado mecánico.

Después de entregar la máquina pasó un tiempo antes de cobrarla, cuando Alberto decidió ir a cobrar, se entera que su padre Cipriano ya había cobrado hace rato.

 Alberto no supo que decir y por no hacer quedar mal a su padre, salió del paso como pudo y encima tuvo que ocultar el incidente a su mujer.

De nada sirvió la reclamación que hizo Alberto a su padre, pues este ya se había gastado el dinero.
Claro, era tanta la necesidad que tenía Cipriano por mantener a su familia, que tenía que hacer lo que nunca se imaginó, pero tampoco imaginó que lo más recomendable era dejar el orgullo y poner a trabajar a las hijas y el mismo.

En otra ocasión, Cipriano conocedor de las propiedades de su ahora consuegro, sabía muy bien donde guardaba los sacos de harina y como dije antes, la necesidad muchas veces tiene cara de hereje, hizo que el orgulloso Cipriano se atreviera a ir por la noche a la panera, a sacar un saco de harina, que significaba comer pan todo el mes.

Al día siguiente, Lorenzo como hacía todos los días, fue a revisar los sacos de harina y asombrado se dio cuenta que le faltaba uno, recontó una y otra vez pero no cuadraba su cuenta, le faltaba un saco de harina.

En su inquietud, se dio cuenta que había un reguero de harina y siguiendo el rastro llegó a la casa de Cipriano y…

Oh! Asombro, menudo lio que se armo entre los consuegros.




Moraleja:

Siempre revisar si no hay ratones, para hacer un trabajo perfecto. Jejeje 









2 comentarios:

jose maria criado lesmes dijo...

Les hay, venido a menos para quienes trabajar es una afrenta.
Feliz fin de semana amiga.Un abrazo


Julia dijo...

El orgullo es un mal consejero y robar es menos indigno que trabajar. Muy bueno
Abrazos